La correa izquierda cede definitivamente esta mañana mientras cruzo Chambers Street, con el peso de todo lo que cargo desplazándose de golpe hacia la derecha. Ya son tres puntos de fallo en cuatro días: la cremallera principal hace una semana, la costura derecha hace tres días, y ahora esto. La mochila sigue siendo una mochila en sentido estrictamente legal, pero hay que sostenerla con el brazo doblado como si fuera un niño enfermo, lo cual no es una postura que facilite caminar rápido por ningún sitio.
Bajo hasta el Hudson porque es gratis y porque el viento de río hace algo útil con el calor de julio. La zona de paseo junto al agua, por West Street, no es bonita en ningún sentido aspiracional: hay barandillas oxidadas, un olor persistente a gasolina mezclada con agua salobre, y de vez en cuando pasa un camión repartidor que hace temblar la acera de hierro. Nadie toma fotos aquí. Es un trozo de ciudad que existe por razones logísticas, no turísticas, y eso me cae bien porque no tengo energía para estar en un sitio que exige que lo aprecie.
Me siento en un banco de hormigón frente al agua y examino la mochila con el mismo detenimiento con que uno examina un coche que acaba de hacer un ruido nuevo. La costura izquierda se puede coser si encuentro aguja e hilo, que son dos materiales que no tengo. La cremallera está muerta, eso está claro, y la única solución práctica es un imperdible grande o dos imperdibles medianos, que tampoco tengo. Ayer me hubiera puesto a razonar sobre la metáfora de todo esto; hoy me limito a constatar que la mochila necesita cinta americana y yo no tengo ni eso.
La cuestión del dinero es un dato, no un drama. Queda lo que queda, que es cero, y eso convierte cada decisión del día en una operación aritmética muy sencilla. Almuerzo: no. Transporte: no. Cinta americana para reparar la mochila: no, a menos que encuentre algo. Llevo cuatro días en esta ciudad con el mismo esquema y hay un punto en que la austeridad deja de ser una decisión filosófica y se vuelve simplemente la descripción del momento presente.
Lo concreto es esto: en el bolsillo interior de la mochila, el que todavía cierra porque no depende de ninguna cremallera, tengo una botella pequeña de Fernet sin etiqueta que compré en un mercado de Buenos Aires hace tiempo, que arrastro de ciudad en ciudad como si fuera un objeto de valor. Técnicamente es un objeto de valor. Hay gente que pagaría por una botella así, oscura, sin información, con sabor a hierbas que nadie puede identificar con certeza. No sé exactamente por qué nunca la abrí. Me la quedé porque me pareció interesante y luego se convirtió en esa clase de cosa que uno ya no sabe cómo tratar.
Hay un mercado de intercambio en Brooklyn, en Williamsburg, que abre los sábados. Mañana es sábado. No sé si alguien quiere un Fernet sin etiqueta de procedencia argentina, pero tampoco sé que no quieran. La botella está entera, el líquido intacto, y hay en Williamsburg suficiente densidad de personas que coleccionan exactamente ese tipo de objeto sin razón articulable como para que la apuesta no sea absurda. Podría cambiarla por algo útil o venderla por cuatro dólares, que serían cuatro dólares más de los que tengo ahora.
El río sigue haciendo lo que hace el río, que es estar ahí con indiferencia total. Un carguero pasa lento hacia el norte. La mochila descansa en el suelo con la correa izquierda doblada hacia dentro, esperando que alguien resuelva su situación. Mañana, Williamsburg, con la botella.
Imprescindible en Nueva York, Estados Unidos
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