La correa izquierda se rompió a las dos y media de la tarde, justo a mitad de la manzana, con el semáforo en verde y gente empujando por detrás. No cedió de golpe, que eso al menos hubiera tenido cierta dignidad. Fue una rendición lenta: primero el plástico del ajustador crujió, luego el tejido se abrió por la costura como si llevara meses pensándoselo, y la mochila entera cayó hacia la derecha arrastrando el brazo. Me quedé parado en medio de Chambers Street con cara de no entender nada, bloqueando el paso, y alguien me rozó el hombro sin decir nada.

Esto no es la primera vez. El zipper principal empezó a fallar hace cinco días, atascándose en el mismo punto cada vez, hasta que aprendí a enroscar la cremallera en ángulo para que mordiera. Hace cuatro días, la costura lateral derecha se abrió cerca de Worth Street: dos centímetros de brecha que encontré por casualidad cuando metí la mano buscando el metro card. Anteayer, la segunda cremallera, la del compartimento pequeño de atrás donde guardo el cargador, dejó de funcionar del todo. Ya no cierra. Cargo el cargador suelto dentro del compartimento principal como si fuera algo normal, que no lo es.

El punto es que la mochila me está dando señales desde hace tiempo y yo he estado ignorándolas con la misma energía con la que uno ignora un goteo en el techo: porque de momento el techo no se ha derrumbado. Ahora la correa izquierda no es una señal, es un hecho. Me senté en el bordillo, sin interés en disimular que estaba haciendo exactamente eso, y la revisé despacio. El tejido no tiene por dónde coser de nuevo, por lo menos no sin máquina. El ajustador plástico está partido en dos. Podría pasarle un cordón, pero un cordón no va a aguantar el peso.

Me quedé fumando un rato, la cachimba que llevo siempre en el bolsillo lateral, ese que todavía cierra. El humo me dio un par de minutos para pensar sin sentir que tenía que tomar una decisión urgente. Nadie en la acera me prestaba atención, que en este tramo de Chambers eso es lo normal: gente yendo al juzgado, al registro, a algún trámite con cara de querer terminarlo cuanto antes. Nadie con tiempo para mirar a un tipo sentado en el bordillo fumando una pipa de agua con una mochila reventada en el regazo.

La decisión que tomé no es particularmente racional. La mochila pesa tres kilos sola, vacía. Con todo dentro pesa más del doble. La correa izquierda está muerta y la derecha va a seguir sola hasta que no pueda más, que a este ritmo no parece que vaya a ser mucho tiempo. La opción inteligente era buscar algo donde dejarla, o directamente tirarla y comprar una nueva. No hice ninguna de las dos. La cargué al hombro derecho, ajusté la correa que queda, y seguí caminando.

No es sentimentalismo, o no solo. Es que llevar la mochila rota es menos complicado que resolver el problema ahora mismo, en este momento, en esta calle, con el calor que hace hoy en la ciudad. Es posponer la decisión, sí, pero posponer con plena conciencia, que es distinto a no decidir nada. Seguirá rota mañana, y tendré que resolver si busco a alguien que arregle la correa, si busco una mochila de segunda mano en algún sitio del Lower East Side, o si sigo cargándola doblada sobre el hombro derecho hasta que ese también ceda.

La cuestión está abierta. La mochila, de momento, también.

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