«Bueno, ya está», me dije en voz alta cuando noté que la correa izquierda de la mochila había empezado a separarse del cuerpo principal, justo en la costura de la base, de la misma manera descosida y silenciosa con que se habían ido yendo las demás cosas en estas últimas semanas. No de golpe. Nunca de golpe. Primero la cremallera, luego la costura derecha, luego la lateral, y ahora esto. La correa cuelga en un ángulo que obliga a compensar con el hombro derecho, lo cual para el mediodía ya empieza a notarse en el trapecio.
Estaba en Worth Street cuando pasó, o mejor dicho cuando me di cuenta de que ya había pasado hacía un rato y yo simplemente no lo había visto. Había parado a ajustarme la mochila junto a una de esas papeleras metálicas que tienen la mitad de los adhesivos arrancados, y al poner la mano en la correa noté el tejido flojo, la argolla que ya no morde como tiene que morder. No dije nada más. No había nadie a quien decírselo.
El problema concreto es que hoy tampoco tengo cómo comprar una mochila nueva. Lo que quedaba en la cuenta se fue ayer por la noche de una forma tan estúpida que todavía me cuesta contarlo con calma: una multa de aparcamiento que no es mía, adjudicada al número de identificación que usé al registrarme en una cosa hace semanas, reclamada por un sistema automático que no distingue entre el que aparca y el que simplemente firmó un papel. Ciento veinte dólares. Directamente deducidos. Me quedé mirando la notificación unos diez minutos seguidos, esperando que el número cambiara, que hubiera algún botón de «esto es un error». No lo había. El balance llegó a cero a las 23:47 del sábado y ahí se quedó.
Así que hoy es un domingo con mochila rota y cero dólares, lo cual no es exactamente el peor escenario posible pero tampoco es agradable de sostener. Caminé por el corredor de Worth hacia Foley Square porque no tenía un plan mejor y porque caminar no cuesta nada todavía. El domingo en esa zona tiene una calidad rara: sin los trabajadores del juzgado, sin los mensajeros, sin la presión habitual del paso rápido, los edificios quedan ahí como decorados de una obra que no va a representarse hoy. Un señor mayor, sentado en uno de los bancos con una bolsa de plástico de Associated Food Stores encajada entre los pies, comía algo de un tupper de color beige y miraba hacia ningún lado. No levantó la vista. Yo tampoco dije nada.
Me siento un poco ridículo cargando algo que se deshace en capas, porque la mochila en sí no es fea ni vieja ni de mala calidad, o no lo era. Es que a veces las cosas se van por sectores, por zonas, como si la fatiga tuviera una lógica geográfica propia. Lo de la sobremesa me funciona igual: soy capaz de quedarme dos horas sentado con un café mediocre hablando de cualquier cosa, pero en cuanto me pongo en marcha con demasiado peso en un solo hombro pierdo la paciencia muy rápido. Hoy lo comprobé en la esquina de Church Street, donde paré a recolocarme por tercera vez y me di cuenta de que el gesto de ajustar una correa que ya no se puede ajustar es, en el fondo, bastante inútil.
La mochila está encima de la mesa ahora. Le hice una foto a la costura para tenerla documentada, no sé muy bien para qué. La argolla izquierda, vista de cerca, parece simplemente cansada.
Imprescindible en Nueva York, Estados Unidos
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