Nueva York quedó atrás esta mañana y Halifax fue lo primero que vi al bajar: cielo gris, agua gris, olor a algas y gasoil mezclado. Un inicio sin concesiones.

La correa izquierda de la mochila llevaba días amenazando con irse y escogió el momento exacto en que pisaba asfalto nuevo para terminar de separarse del todo. La costura de la derecha tampoco está bien, y la cremallera del bolsillo frontal hace semanas que funciona sólo si la convences con el ángulo exacto. Así que atravesé la zona de Lower Water Street con la mochila agarrada contra el pecho como si fuera un bebé o un objeto robado, ninguna de las dos cosas muy digna. Varios tipos descargando cajas de una furgoneta me miraron y volvieron a lo suyo, que es la reacción correcta.

El asunto del dinero sigue sin resolverse. Ayer desapareció una cantidad que no me sobra y que todavía no sé bien cómo ubicar: si un cargo mal aplicado, si algo que se escapó sin que lo viera, si una de esas pérdidas menores que se hacen mayores porque el contexto ya no absorbe golpes con facilidad. Lo que sé es que llegué a Halifax con el saldo en cero y con esa duda sin respuesta todavía rondando. No es el peor punto de partida que he tenido, pero está cerca.

Me instalé en un banco frente al puerto, en el lado menos turístico del muelle, donde hay grúas oxidadas y una especie de depósito de contenedores que nadie ha fotografiado nunca con intención estética. El agua del puerto es del color exacto del hormigón mojado. Saqué la cachimba, que es lo primero que hago cuando necesito que los pensamientos se pongan en fila, y estuve un rato mirando cómo una gaviota intentaba abrir una bolsa de plástico con una persistencia que me pareció, honestamente, admirable. No lo consiguió, pero tampoco paró.

Barrington Street la recorrí a pie porque no tenía alternativa, y porque quería ver en qué estado está la ciudad debajo de la capa de nostalgia marítima que venden para los que llegan con dinero y cámara. La respuesta es: regular. Locales con carteles de «se alquila» en proporción incómoda, una ferretería que parecía llevar décadas igual, un bar que abrió su puerta un momento dejando escapar olor a cerveza rancia y freidora. El Bluenose II estaba anclado más allá, blanco e impecable, pensado para que la gente lo fotografíe desde el muelle de turismo. Desde donde yo estaba, parecía de plástico, lo cual probablemente no sea justo pero es la impresión que da cuando uno llega cargado y sin un peso.

En el vuelo, el asiento de al lado lo ocupó alguien que leía en lo que me pareció gallego o portugués antiguo, una edición con el lomo desgastado, y yo llevaba en la mochila exactamente el mismo libro pero en castellano, edición de bolsillo barata con las páginas ya onduladas de humedad. No dije nada. Tampoco sé si hubiera servido de algo decirlo, pero lo noté, y durante un rato estuvimos los dos leyendo el mismo texto en idiomas distintos sin saberlo el uno del otro, que es una situación que no sé cómo clasificar pero que tampoco se olvida fácil.

La mochila sigue en el suelo, a mis pies, con la correa izquierda enrollada encima como si pudiera volver a pegarse sola. Mañana tendré que buscar algo con que repararla porque el plan de aguantarla contra el pecho no escala bien en una ciudad que no conozco y en la que voy a tener que moverme. Por ahora hay agua gris, una gaviota que ya se fue, y el olor a cachimba mezclándose con el gasoil del puerto.

Imprescindible en Halifax, Canadá

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