La correa izquierda del hombro empezó a separarse en la costura hace cinco días, mientras caminaba por Lower Water Street con la mochila cargada al máximo. Hoy, al levantarme y poner la mano encima, la tela que la une al cuerpo principal está sostenida por cuatro o cinco hilos que cualquiera podría cortar con una uña. No hay dinero para remendarla. No hay dinero para nada, que quede claro. Hace dos semanas pensé que era un problema de gestión; ahora sé que es simplemente el estado de las cosas.

El puerto de Halifax a primera hora de la mañana tiene ese gris particular que no es exactamente niebla sino algo más permanente, un tono integrado en la madera de los muelles y en el agua del puerto, que hoy está verde-gris y con una textura de aceite viejo. Caminé hasta el tramo industrial del paseo, donde los barcos de trabajo reemplazan a los veleros turísticos y nadie te ofrece nada, lo cual agradezco. Me senté en un bollard de hierro oxidado y estuve mirando la grúa que hay al fondo, del lado de Dartmouth, sin hacer nada útil durante más de veinte minutos. No es paz, es parálisis. Lo distingo.

La mochila estaba en el suelo a mi lado y la cremallera principal, esa que ya había dado señales de querer jubilarse la semana pasada, cedió otro centímetro al abrir el compartimento. Ahora hay un espacio de unos ocho centímetros por donde la tela simplemente no cierra. He puesto un mosquetón pequeño como solución provisional, pero el mosquetón roza contra el interior del compartimento y hace ruido cuando camino, un tintinear metálico que ya me tiene saturado. La gente que me pasa por el lado en Barrington Street mira sin preguntar. Bien.

Lo que no me cuadra de todo esto es la geografía. Llevo semanas acumulando contratiempos, seis por lo menos si los cuento desde finales de junio, y todos me los aguanté en tránsito hacia aquí o ya instalado. Halifax no es una ciudad que haya elegido en el sentido pleno del término: es la ciudad donde me quedé cuando los planes se fueron deshaciendo uno tras otro. No es un juicio sobre la ciudad, que tiene su carácter propio, su ribera de tablones oscuros, sus semáforos que tardan demasiado. Es un dato.

Me interesa Europa del Este, los Balcanes, el Cáucaso; llevo años construyendo rutas mentales hacia Moldavia, hacia los países bálticos, hacia ese bloque de países que la mayoría de la gente confunde en el mapa. Mientras miraba el agua esta mañana pensé en eso sin querer, en la distancia absurda que hay entre donde estoy y donde me gustaría estar. No como queja. Como dato también.

Hacia el mediodía entré en una librería de segunda mano en Barrington, sin intención de comprar nada porque evidentemente no hay opción, y estuve hojeando un atlas físico de los años noventa donde los países del Cáucaso tenían fronteras que ya no existen tal como aparecen ahí. El hombre de la caja tenía los codos apoyados en el mostrador y miraba la pared del fondo. No intercambiamos ni una palabra en diez minutos. El libro olía a humedad y a papel barato y lo devolví al estante en el mismo sitio donde lo había encontrado.

De vuelta al puerto, la correa izquierda aguantó el trayecto de regreso por un milagro estructural que no pienso dar por garantizado mañana. El mosquetón tintineó todo el camino.

Imprescindible en Halifax, Canadá

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