Llevaba la mochila apretada contra la espalda cuando pasé por delante de una tienda de comestibles que olía a bonito seco y a desinfectante de pino, y entré porque tenía sed y porque a veces las tiendas pequeñas son el único sitio donde puedes estar quieto cinco minutos sin que nadie espere nada de ti. La dueña, una señora con un delantal verde botella y el pelo recogido con un pasador de plástico amarillo, me miró como miran los que llevan años viendo turistas perdidos: con paciencia, pero con distancia calculada.
Le pregunté por el agua y ella señaló hacia el fondo sin decir nada. Bien. Cogí dos botellas, volví a la caja, y no sé muy bien cómo empezó, si porque vio el pasaporte asomando del bolsillo lateral o porque le llamó la atención la mochila gastada, pero me preguntó de dónde venía y cuánto tiempo llevaba viajando. Le expliqué: que salí de Barcelona hace meses, que he estado en China, en Corea, que ahora estoy aquí intentando encontrar un barrio donde no me cueste un ojo de la cara dormir. La señora asintió como si eso fuera completamente razonable, y entonces me dijo que esa noche había una celebración en un local a tres calles, que era para familias del barrio pero que podía ir si quería, que había comida.
Fui porque tenía hambre, para ser honesto, y porque el ramen del mediodía era aceptable pero no suficiente.
El local era una sala con mesas plegables y sillas de plástico naranja y un altar pequeño en una esquina con flores y una fotografía que no llegué a ver bien. La comida sí era extraordinaria: unos guisos con tubérculos que no sé nombrar, tempura recién hecha con la masa todavía crujiente, arroz con algo fermentado que picaba en el fondo de la lengua de una manera que no esperaba. Comí demasiado. Me pusieron delante vasos de sake sin preguntarme y yo no los rechacé, lo cual fue un error de cálculo.
A mi lado había un hombre de unos sesenta años con una chaqueta de cuadros que hablaba sin parar con el de enfrente, y todo iba bien hasta que no fue bien. No entendí las palabras, el japonés se me escapa casi todo, pero el tono cambió de repente, alguien dio un manotazo en la mesa y dos vasos cayeron al suelo, y entonces los dos hombres estaban de pie y uno de ellos empujó al otro contra la silla naranja que chirrió contra el suelo de vinilo. La señora del delantal verde apareció de la nada entre los dos, con los brazos extendidos, sin gritar, con una expresión que yo describiría como cansancio puro, el cansancio de alguien que ya ha separado a estas mismas personas otras veces. Los demás comensales siguieron comiendo como si nada, o casi como si nada: una mujer mayor recogió los trozos de vaso del suelo con una servilleta doblada y los puso en un platito, muy metódica.
Salí cuando empezaron a recoger las mesas, que era la señal más clara de que la noche había terminado. La calle estaba tranquila y ancha y con las casas bajas a los lados, y se notaba que el barrio era de los que se acuestan pronto. Caminé con la mochila pesando más de lo que debería pesar, pensando que mañana tengo que encontrar dónde quedarme más de una noche porque esto de ir cambiando cada dos días me tiene agotado, y que la señora del delantal verde no me había cobrado las botellas de agua.
No sé si se le olvidó o si era parte de la invitación.
Imprescindible en Tokyo, Japón
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