El tren salió de Haneda con una puntualidad que me pareció casi ofensiva dado el estado en que yo iba: mochila en el suelo entre los pies, la espalda pegada al respaldo de plástico, los ojos más cerrados que abiertos. Una hora larga hasta Narita, más o menos. Suficiente para no pensar.
Llevaba días con algo rondándome, un asunto sin cerrar que había ido arrastrando de un andén al siguiente, de un hostal al siguiente, esa conversación de hace unos días que no terminó de ninguna manera en particular y que yo había dejado flotar como se deja flotar un recibo que no quieres revisar. En el tren decidí que se acababa ahí. No porque hubiera llegado a ninguna conclusión, sino porque Narita era un lugar nuevo y no iba a entrar en él cargando algo que ni siquiera sabía nombrar bien. Lo anoté como cerrado en mi cuaderno, literalmente, con un trazo horizontal encima. Eso fue todo.
La lluvia había parado para cuando llegué, pero el pavimento de Omotesando seguía brillando como si no se hubiera enterado. La calle sube suave hacia el Shinshoji y está bordeada por casas bajas con tejados curvos, tiendas que venden anguila asada en cajitas de madera y turistas que se fotografían con el olor todavía en la cara. No es un sitio tranquilo, eso hay que decirlo: es estrecho, está lleno de gente y huele a grasa dulce mezclada con humedad de piedra. Pero tiene una cosa que agradecí, que es que nadie te mira a ti en particular.
Entré a tomar algo en un local pequeño que no tenía nombre visible, o al menos yo no lo encontré, y pedí un café con leche señalando la foto plastificada de la carta. Me lo trajeron con un dibujo en la espuma que se suponía que era un gato pero tenía solo tres patas y una oreja más grande que la otra. El señor que lo había preparado miraba hacia la máquina cuando me lo puso delante, nunca hacia mí, con esa concentración que tienen algunas personas para evitar el contacto visual sin que parezca descortesía. El café estaba bien. No extraordinario, no como dicen que es el café japonés en general, simplemente correcto y caliente y eso era lo que necesitaba.
Subí hasta el templo porque era la dirección en la que apuntaba la calle y no porque tuviera un plan concreto. El patio interior está flanqueado por dos estructuras de piedra con musgo en las juntas, y en un lateral hay una fila de faroles de piedra que alguien había decorado con lazos de papel naranja que no pegaban nada con el resto pero que a mí me parecieron lo más honesto de todo el recinto. Estuve un rato sentado en un banco sin hacer nada en especial, mirando cómo un monje con sandalias de plástico barría el suelo con una escoba de paja que estaba claramente demasiado corta para su altura, lo cual le obligaba a doblarse en un ángulo incómodo con cada pasada. No sé cuánto tiempo estuvo así. Yo seguía sentado cuando se fue.
El hambre me bajó del banco antes que cualquier otra razón. En un puesto al borde de la calle principal compré un ningyo-yaki, esas pequeñas figuras de pasta rellenas de anko que salen del molde todavía calientes. El que me tocó tenía forma de paloma pero la cola había quedado aplastada y parecía más bien un zapato. Lo comí de pie, con la mochila en el suelo entre los pies otra vez, mirando cómo la gente pasaba hacia el templo con la misma expresión concentrada del hombre del café.
La vuelta en tren sería por la tarde. De momento, el banco del parque de entrada, la mochila contra la rodilla, el cielo encapotado sin intención de abrirse.
Imprescindible en Narita, Japón
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