Las piernas me avisaron a las siete de la mañana, antes de que abriera del todo los ojos. No era el dolor habitual de las agujetas, sino esa especie de peso muerto que se instala debajo de las rodillas cuando llevas demasiados días moviendo maletas y contando paradas de metro. Me quedé tumbado mirando el techo de la habitación y pensé, con bastante claridad: hoy no voy a ningún sitio.

La decisión no fue noble ni consciente. La tomó el cuerpo por mí, y yo simplemente estuve de acuerdo.

Salí igual, porque quedarse del todo encerrado me pone de peor humor que el cansancio en sí. La calle angosta que va desde el hotel hacia la Omotesando de Narita-san estaba llena de gente haciendo cosas funcionales, trabajadores con ropa de faena, alguien barriendo la entrada de un taller de madera con una escoba más corta de lo normal, obligado a encorvarse más de la cuenta. Un cielo bastante feo, de esos nublados uniformes sin intención de llover ni de escampar, que no favorece nada y tampoco molesta demasiado. Caminé despacio porque no me quedaba otra.

La Omotesando de Narita no es lo que uno imagina si viene con prisa. Es bonita, sí, pero tiene ese aire de calle que sabe que es un paso previo, que la gente llega aquí de camino a otra cosa. Los puestos de crackers de arroz, las tiendas de laca roja, el olor a soja tostada que sale de algún sitio que nunca consigo ubicar exactamente. Me senté en el borde de una jardinera durante un rato más largo de lo previsto porque las piernas insistieron, y no tuve ningún argumento en contra.

Lo de la comida lo resolví con lógica más que con ganas. El sitio de carne en la Route 409, sin decoración especial, carta plastificada, un empleado que anotó el pedido sin levantar la vista del bloc en ningún momento. Me pedí algo con proteína porque eso es lo que el cuerpo pide cuando está en modo de reparación, no lo que uno querría comer si tuviera energía para tener preferencias. El filete llegó en un plato oval de metal, bien hecho por fuera y con el punto correcto por dentro, lo cual ya es más de lo que se puede decir de muchos sitios. El vaso de té frío lo rellenaron sin que lo pidiera, que es una costumbre que aquí dan por sentada y que yo cada vez valoro más sin romantizarla.

La parte que no me esperaba fue lo que pasó al volver. En la misma calle, un hombre con casco de obra y botas de goma estaba midiendo el ancho de una fachada con una cinta métrica y apuntando números en un papel húmedo que casi se le rompe dos veces. Le pregunté si podía pasar por su lado sin molestar, más por cortesía que por necesidad real de confirmación, y me hizo un gesto con la mano que podía significar cualquier cosa entre «claro, pasa» y «ya te ves que no eres de aquí». Pasé de todas formas.

No hice más que eso. No visité nada, no entré en el templo, no saqué fotos con intención. Segundo día en Narita y el balance es: una calle, una comida, cuarenta minutos sentado sin hacer nada útil, y las piernas que siguen exactamente igual que esta mañana. El papel húmedo del hombre de la cinta métrica seguía en el suelo cuando volví a pasar por allí, arrugado junto a la pared. No sé si llegó a terminar lo que estaba midiendo.

Imprescindible en Narita, Japón

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