El mostrador de madera tiene una mancha de agua que nadie limpió desde ayer. La veo desde mi mesa porque ya soy parte del mobiliario de este kissaten de la calle Higashi-Honcho: el tipo que pide el mismo café solo de las nueve de la mañana y no hace nada urgente con él.

El hombre mayor que trabaja aquí no ha dicho más de doce palabras en dos días. Coloca la taza, asiente, vuelve al mostrador. Hay algo que agradezco en eso, que no intente preguntarme nada, que no haga el esfuerzo cordial de costumbre. Tiene las manos muy grandes para el cucharón que usa para remover algo que hierve despacio en una olla pequeña. No sé qué es. No pregunté.

Esta mañana me levanté con la idea concreta de ir al parque Naritasan, que llevo dos días postergando por razones que en realidad son una sola razón: el cuerpo no acompaña. Busqué los horarios del autobús número 2 desde la estación y entonces vi que el servicio de esa línea estaba suspendido por trabajos en la calzada, sin fecha clara de reanudación. El cartel era en japonés y tardé un rato en entenderlo con el teléfono, y cuando lo entendí ya eran casi las diez y media y el sol pegaba de una forma que no invita a caminar cuarenta minutos con las piernas que tengo hoy. Lo anoté como pendiente y cerré el mapa.

Eso fue todo el conflicto del día. No hay drama en contarlo porque no lo hubo tampoco al vivirlo, solo ese momento de cálculo silencioso donde sopesas lo que cuesta moverse contra lo que ganas, y el resultado es siempre el mismo cuando los números no cuadran a tu favor.

Lo que sí hice fue pasear sin propósito por la Omotesando de Narita, que no tiene nada que ver con la de Tokio excepto el nombre, y comprar un par de onigiri en una tienda que huele a sésamo tostado y a plástico caliente al mismo tiempo. El de atún estaba bien. El de ciruelas encurtidas estaba bien también, aunque hay algo en el umeboshi que me cuesta cada vez, ese punto ácido que es demasiado honesto para las once de la mañana.

Volví al kissaten antes del mediodía. El hombre mayor tenía puesto un programa de televisión sin sonido, solo imágenes de un torneo de sumo grabado hace tiempo, porque los luchadores llevaban ropa que ya no se usa. No lo miré mucho. Pedí otro café y saqué el cuaderno donde llevo las cuentas del viaje, no para angustiarme sino porque ordenar números cuando no tienes más que hacer es una forma de sentir que el tiempo no se escapa del todo.

Tercer día sin salir de Narita en condiciones. No es lo que tenía pensado cuando vine aquí desde Barcelona con la idea de que esta ciudad fuera solo una escala de dos días, pero las cosas cambian y el cuerpo cambia antes que los planes. No lo llamo fracaso porque esa palabra implica que había una expectativa razonable que no se cumplió, y en un viaje de esto largo las expectativas razonables son las primeras en desaparecer.

La taza estaba ya fría cuando la terminé. El hombre mayor apagó el televisor sin mirarme y siguió con lo suyo.

Imprescindible en Narita, Japón

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