El cuarto taburete desde la izquierda estaba ocupado cuando entré, así que me senté en el quinto, que tambaleaba ligeramente cada vez que apoyaba el codo en la barra. El local tenía exactamente ocho asientos, una cocina abierta, y un mapa de Chiba pegado con cinta adhesiva a la pared del fondo, con la esquina inferior derecha ya desprendida y enrollada hacia adentro.
Pedí el ramen de miso. No miré la carta más de diez segundos porque había dos opciones y una de ellas era de marisco, que no me apetecía. El cocinero lo anotó sin levantar la vista.
El paraguas de alguien, apoyado contra la barra junto a la puerta, no paraba de gotear sobre las baldosas. Nadie lo movió en los cuarenta minutos que estuve allí. Ese sonido, tap-tap-tap irregular contra el suelo, resultó ser el ruido más constante del local, por encima del caldo hirviendo y del extractor de humo.
El ramen llegó en unos ocho minutos. El caldo tenía un color oscuro y bastante grasa flotando, que no es necesariamente malo pero tampoco es lo que uno espera cuando pide miso. Las lonchas de chashu estaban bien, más finas de lo que suelo ver, y el huevo tenido era de los que llevan el tiempo exacto, sin que la yema quede ni líquida ni seca. No es el mejor ramen que he comido en estos días, pero tampoco voy a quejarme.
Fue mientras terminaba el caldo cuando lo vi. A dos taburetes a mi derecha, un chico de unos veinticinco años me miraba con esa expresión de quien está deliberando. Lo había visto antes, estaba bastante seguro. O alguien muy parecido, cerca de la puerta del konbini de la calle paralela, ayer por la tarde. Me señaló con el mentón y dijo algo en japonés que no entendí. Le respondí que no hablaba japonés. Entonces sacó el teléfono, me enseñó la pantalla con una foto, y esperó. La foto era de alguien que no era yo pero que llevaba un abrigo bastante similar al mío. Me reí un poco, él se encogió de hombros, y ahí quedó la cosa. Pero no del todo.
Porque la cara. La cara del chico del konbini de ayer y la cara del chico del taburete no eran la misma cara, y sin embargo había algo que sí coincidía, aunque no sé decir exactamente qué. Lo anoté en el cuaderno antes de levantarme: misma estatura, pelo recogido, bolsa de plástico azul en los dos casos. Puede que no signifique nada. Lo dejo apuntado por si acaso.
Pagué en la caja, junto a la puerta. El ticket marcaba 950 yenes. Fuera seguía lloviznando, igual que cuando entré, y el paraguas que había dejado gotear en el suelo todavía estaba ahí, sin dueño visible.
Imprescindible en Narita, Japón
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