Tres veces en dos días había visto al mismo tipo. No es que Narita sea una ciudad grande, pero tampoco es tan pequeña como para que eso sea inevitable. La primera vez fue en el mostrador del ramen, el martes por la tarde: joven, pelo recogido en un moño bastante descuidado, bolsa de plástico azul colgando de la muñeca como si la llevara desde hacía horas. La segunda, en el konbini de la esquina, justo cuando yo estaba pagando un té frío que costaba menos de lo que esperaba. Ni nos miramos. La tercera fue esta mañana.

Esta mañana estaba en un centro cultural pequeño cerca del barrio viejo de Narita, el tipo de sitio con carteles plastificados y sillas apiladas contra la pared que nadie va a usar. Había entrado porque el letrero decía algo sobre una charla abierta y yo no tenía ningún plan concreto, lo cual en Narita significa básicamente que puedes entrar a cualquier cosa. Había unas quince personas sentadas en semicírculo, una pantalla proyectando un diagrama que reconocí vagamente como un esquema de arquitectura de redes neuronales. El tipo que debía hablar no estaba. O llegaba tarde, o no llegaba.

Alguien me vio entrar y asumió algo. No sé qué exactamente, quizás el hecho de que yo llevaba un cuaderno bajo el brazo o que asentí al diagrama sin pensar, el tipo de asentimiento automático que uno hace cuando algo le resulta familiar. Una mujer con gafas de montura gruesa me preguntó en inglés muy pausado si yo era el ponente. Le dije que no, que era español, que estaba de paso, que entendía algo del tema pero no era ningún experto. Eso fue mi error: decir que entendía algo. Porque antes de que pudiera añadir nada más ya había tres personas mirándome con esa expectativa tranquila que tienen los japoneses cuando esperan que hagas lo que se supone que tienes que hacer.

Pasé unos veinte minutos explicando cosas delante de gente que sabía más que yo sobre la mitad de los temas. Lo noté en cómo tomaban notas: dos personas escribían muy rápido cuando yo decía algo básico, lo cual es una señal mala. Un señor mayor en la fila del fondo dejó de anotar por completo cuando llegué a la parte de los transformers, y eso ya me pareció definitivo. Seguí de todas formas porque abandonar a mitad habría sido peor. El hombre del moño y la bolsa azul estaba sentado en el lado derecho. Llegó cuando yo ya llevaba cinco minutos hablando. No me miró.

Al terminar hubo un aplauso cortés y alguien me ofreció una galleta envuelta en papel de arroz que sabía a vainilla y a algo que no identifiqué. No estaba mal. Me senté en una silla de las apiladas, que alguien había desapilado para mí específicamente, y abrí el cuaderno. El hombre del moño salió sin decir nada, bolsa azul incluida.

Anoté la fecha, el nombre del sitio según lo había leído en el cartel de fuera, y una línea: «veinte minutos explicando IA a personas que saben más de la mitad». Debajo anoté «bolsa azul, tercera vez». No porque piense que significa algo, sino porque si uno no lo escribe acaba convenciéndose de que lo inventó.

Lo cerré. Guardé el bolígrafo.

Imprescindible en Narita, Japón

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