El Koen-dori estaba casi vacío a las nueve de la mañana, ese tipo de vacío que no es tranquilo sino que simplemente no ha arrancado todavía, con un señor mayor barriendo la acera delante de una ferretería con parsimonia absoluta, como si el polvo no fuera a ningún sitio y él tampoco. Me quedé parado un momento mirando el escaparate de al lado, que vendía artículos de papelería y también, por alguna razón, paraguas de segunda mano con el mango envuelto en cinta americana de colores distintos.
Había quedado en tomar el autobús a Chiba a media mañana para cerrar un trámite menor que llevo postergando varios días, algo relacionado con una recogida de documentos que requiere presencia física y que no se puede hacer en Narita. El autobús no vino. No el de las diez y cuarto, no el de las diez y cuarenta. Pregunté en la parada a un hombre con maletín que miraba su teléfono con cara de conocer ya la respuesta, y me dijo algo sobre una revisión técnica en la línea que había suspendido el servicio por tiempo indefinido. No dramatizó. Yo tampoco. Anoté «sin bus» en el cuaderno y guardé el cuaderno.
Lo que siguió no fue un plan alternativo sino la ausencia de uno: caminé hasta el Sogo-kaido, que es una calle que no aparece en ninguna recomendación turística porque no ofrece nada que fotografiar, solo tiendas pequeñas con carteles escritos a mano y una konbini en la esquina donde el frigorífico de la sección de lácteos hacía un ruido intermitente, un clac-clac mecánico que nadie parecía escuchar. Compré un café en lata que sabía a café de lata y me lo bebí en la calle porque dentro no había donde sentarse.
Llevo días en Narita con la misma excusa. Que si el documento, que si el trámite, que si mañana tiene mejor conexión. Narita no es el tipo de ciudad donde uno se queda voluntariamente, lo cual quiere decir que quedarme ha requerido una cadena de pequeñas decisiones activas, o más exactamente de pequeñas no-decisiones, que al final producen el mismo resultado que una decisión. Esta mañana, sin bus y con un café malo en la mano, eso se me hizo bastante visible.
No es una revelación. Es más bien la sensación de reconocer algo que ya sabías pero que habías dejado en un cajón porque abrir el cajón requería hacer algo al respecto. Como la solicitud de revisión de billetes que tengo en el correo desde hace seis días con el asunto en negrita y que he abierto cuatro veces sin contestar.
Volví al hostel antes del mediodía porque no tenía otro sitio adonde ir que tuviera más sentido que ese. En la entrada había un cartel nuevo pegado con celo sobre el anterior: decía que la lavandería de la planta baja estaría fuera de servicio hasta el jueves por la tarde, sin más explicación. El jueves. Hoy es miércoles.
Saqué el cuaderno. Escribí una fecha.
Imprescindible en Narita, Japón
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