Tres veces en dos días. El mismo hombre mayor, con una chaqueta verde militar demasiado abrigada para el tiempo que hacía, parado en el mismo lateral del sendero que bordea Naritasan Shinshoji. La primera vez no lo registré. La segunda, pensé que era un guardia, o alguien que esperaba a su familia. La tercera vez que lo vi, esta mañana, con ese gesto idéntico de mirar fijamente la entrada sin entrar nunca, saqué el cuaderno y lo apunté. Quizás no significaba nada. Pero ya no lo iba a cargar en la cabeza sin más.
El templo a estas horas, antes de las nueve, funciona de otra manera. Los puestos de la calle Omotesando estaban todavía cerrando sus lonas o abriendo sus persianas a medias, y había un monje barriendo el patio principal con una escoba de bambú tan larga que parecía incómoda de manejar, aunque él no daba señas de considerarlo así. El incienso llegó antes de ver los quemadores, un olor denso que se instala en la ropa y no se va. No me molestó. Lo que sí me molestó fue el grupo de turistas con selfie sticks que empezó a funcionar en los escalones justo cuando el monje terminaba de barrer, como si hubieran cronometrado la irrupción.
Me quedé en el patio más tiempo del que tenía pensado, en parte porque los pies ya me pedían que parara y en parte porque el sonido de los rezos desde el interior del edificio principal tiene algo que funciona como fondo: no pide atención, simplemente ocupa el espacio sonoro sin exigir nada. Hay un detalle que no aparece en ningún folleto: el suelo del patio tiene piedras dispuestas en un patrón irregular, y en algunos tramos las han reemplazado con losas modernas que no encajan del todo con el resto. No hay razón para que eso me llamara la atención tanto, pero lo hizo.
Después del templo fui al mercado cubierto que está a diez minutos caminando, el que vende sobre todo productos locales para japoneses y no para turistas, lo cual se nota en que nadie intentó explicarme nada en inglés ni con gestos demasiado entusiastas. Compré un onigiri envuelto en papel de arroz que se abría con una lengüeta de plástico y que tardé tres minutos en descifrar, con el resultado de que el alga quedó medio aplastada antes de poder comer nada. Estaba bueno igual. El relleno era umeboshi, que a mí me parece demasiado ácido pero lo como sin drama.
La decisión de no ir a ningún otro sitio más llegó alrededor del mediodía, cuando me encontré mirando un mapa en el teléfono y pensando que el lago Inbanuma estaba «solo» a veinte minutos, lo cual en estado normal es verdad pero hoy no tenía ninguna lógica real para añadir un desplazamiento más. Lo cerré. Me senté en un banco bajo un ginkgo que todavía no tenía las hojas amarillas que pondría en otoño y que ahora simplemente daba sombra sin drama estético ninguno.
Ahí fue cuando apunté también la fecha de vuelta a Barcelona. No como recordatorio, lo tenía claro, sino como gesto concreto de cierre: escribir una fecha hace que exista de otra manera que tenerla en la cabeza. El cuaderno tiene páginas con manchas de café de Osaka y una esquina doblada de cuando lo aplasté sin querer en Kyoto, y la fecha de vuelta quedó entre dos entradas que no tienen mucho que ver con ella.
El hombre de la chaqueta verde ya no estaba cuando pasé por el sendero por última vez.
Imprescindible en Narita, Japón
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