Cuarenta minutos parado en un andén que no aparecía en ninguna pantalla. El tablero digital mostraba tres opciones, las tres con un símbolo que no supe leer, y el único empleado de JR que encontré en ese pasillo me dijo algo señalando hacia el sur, luego hacia el norte, y se fue antes de que pudiera preguntarle de nuevo. No dramaticé. Busqué un banco, me senté, y esperé a que el sistema se aclarara solo.

Se aclaró. Más o menos. El tren que salió no era el que había reservado, sino uno posterior con paradas adicionales en sitios cuyo nombre no reconocí en el mapa. Subí de todas formas porque ya había perdido demasiado tiempo mirando paneles y el hambre empezaba a distraerme de cosas más urgentes. El vagón olía a revestimiento de plástico caliente y llevaba menos pasajeros de los que esperaba para ser media mañana; tres señoras mayores con bolsas de supermercado, un chico dormido con la boca abierta y los auriculares puestos, y un hombre de mediana edad que revisaba papeles con un rotulador naranja, marcando líneas enteras sin leer lo que había entre ellas, o eso parecía desde donde yo estaba sentado.

Natori apareció sin aviso especial. No hay mucho que advierta la llegada: campos planos a ambos lados de la vía, postes de electricidad en fila casi perfecta, algún tejado bajo con paneles solares grises. El cielo estaba cubierto con ese tipo de nubes que no deciden nada, ni llueven ni se van. Bajé en la estación con la mochila ajustada demasiado alta, lo que me había estado molestando la espalda desde Narita, y lo primero que hice fue soltarme los tirantes en el andén sin que me importara parecer torpe.

Encontré un sitio para comer cerca de la estación, uno de esos locales que tienen fotos plastificadas en la puerta y una cortina de cuentas de madera en el umbral. Pedí sin entender bien el menú, señalando el número tres porque tenía un aspecto razonablemente calórico, y me trajeron un bol con arroz, algo frito encima que resultó ser cerdo con jengibre, y una sopa que sabía más a sal que a dashi pero que estaba bien para lo que era. El hombre que cobraba, un tipo de unos sesenta años con una toalla doblada en el hombro izquierdo como si fuera parte del uniforme, no me miró una sola vez durante todo el proceso. No por descortesía, sino con esa concentración específica de quien lleva décadas haciendo lo mismo y ya no necesita confirmar que el cliente sigue ahí.

Salí con el calor del bol todavía en el pecho y caminé un rato sin objetivo claro por una calle comercial que podría estar en cualquier ciudad de la prefectura: farmacia, tienda de cien yenes, peluquería con póster de corte masculino de los años noventa, una máquina expendedora con una lata de café caliente que costó más de lo que esperaba para ser una máquina expendedora. Compré la lata. No estaba bien. Estaba aceptable, que es lo que se puede pedir a las once y media de la mañana en una calle que no has elegido exactamente sino a la que has llegado por deducción.

La mochila sigue pesando lo mismo que esta mañana. El tren de mañana, si el panel lo confirma, sale antes de las ocho.

Imprescindible en Natori, Japón

Este post contiene enlaces de afiliados.