Voy a enumerar esto una vez y no vuelvo a mencionarlo: hubo siete contratiempos en las últimas semanas. Siete. Los tengo apuntados con fecha en una nota del móvil, cada uno con el coste aproximado en yenes y el tiempo perdido. El último fue ayer, un billete de tren para volver antes que no utilicé porque el servicio estaba cortado sin aviso y cuando lo descubrí ya habían cerrado la ventanilla de cambios. Punto final. Expediente cerrado.

Hoy no he movido del barrio. Una decisión administrativa, no sentimental.

La zona izakaya cerca de la carretera de Sendai-Nanbu no es especialmente fotogénica, lo aclaro desde ya. Hay mucho letrero de plástico iluminado, varias fachadas con el vinilo despegado en las esquinas, y una papelera municipal que alguien ha empujado al medio de la acera sin que nadie la haya devuelto a su sitio. Pero a mediodía tiene un movimiento de gente de oficina que es interesante de observar si uno no tiene ningún sitio urgente a donde ir, lo cual era exactamente mi caso.

Entré en un sitio sin nombre visible desde la calle, o más bien con un nombre escrito en un trozo de madera lacada que no supe leer. Un hombre detrás de la barra, quizás cincuenta años, con un delantal azul marino y la costumbre de no mirar a los clientes mientras les pone el vaso. Pedí por señalar, sin saber bien qué era, y llegó yakitori de pato con una pasta de miso que tenía un punto dulce más pronunciado de lo que esperaba, más Miyagi que Tokio, menos agresivo, con el arroz servido en un cuenco de cerámica marrón oscuro con una pequeña grieta en el borde que alguien había reparado con lo que parecía barniz dorado. El cuenco reparado me llamó más la atención que la comida, que tampoco estaba mal, solo era más sutil de lo que yo buscaba a esa hora.

El hombre del delantal no dijo nada en todo el tiempo que estuve allí salvo algo breve cuando traje el plato que sonó a indicación sobre cómo comerlo, aunque no estoy seguro. Hay restaurantes en Japón donde el silencio del cocinero es protocolo y hay otros donde es simplemente carácter. Este era lo segundo.

Salí con una cosa resuelta y otra pendiente. Lo resuelto: el registro de los siete contratiempos está formalmente cerrado a partir de hoy, no porque hayan dejado de ser relevantes sino porque continuar catalogándolos sin que cambien nada sería redundante. Lo pendiente: tengo que recalcular la salida de esta zona, ver qué conexiones quedan razonables para mañana o pasado, y decidir si tiene sentido añadir una parada intermedia o ir directo. Nada de esto es urgente en este momento. Lo será mañana.

La tarde siguió sin incidentes. Pasé por un pequeño supermercado donde el envoltorio de un onigiri de salmón tenía una imagen impresa de un oso haciendo senderismo con una mochila, y pensé que era para niños, pero el hombre de traje a mi lado cogió tres sin dudarlo. El onigiri estaba bien. El oso me pareció innecesariamente optimista para un martes por la tarde, pero supongo que alguien en el departamento de marketing de esa empresa tomó esa decisión con plena convicción.

Mañana: recalcular.

Imprescindible en Natori, Japón

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