Ochocientos cuarenta yenes. Eso marcaba la pizarra de plástico colgada con cinta adhesiva en la entrada del local, justo antes de que mi teléfono vibrara con un mensaje que llevaba esperando desde ayer: la confirmación de un ajuste en los horarios de los trenes de la tarde, que al final no corría tanto como me habían dicho. Así que me quedé donde estaba, frente a la pizarra, calculando si el número tenía sentido o no.

El local era un sitio de ramen en Natori, sin nombre visible desde la calle, con tres mesas y una barra de cinco sitios donde había un hombre de unos sesenta años comiendo solo y leyendo algo en un teléfono con la pantalla rota en la esquina superior izquierda. El cocinero no levantó la vista cuando entré. Eso me gustó, aunque no sabría explicar bien por qué.

Pedí el tazón más barato, que era el de caldo de cerdo sin extras, y mientras esperaba revisé los números de la semana: el presupuesto que me quedaba, lo que había gastado en los últimos días con contratiem­pos varios que no estaban previstos, lo que me costaría el tren de vuelta mañana. Todo encajaba si no tocaba nada. Eso también lo apunté, de forma breve, en la libreta donde anoto las cosas pendientes, y ya está, caso cerrado, no hay más que seguir.

El ramen llegó con un huevo que nadie me había preguntado si quería pero que estaba ahí, partido por la mitad encima del caldo, con la yema todavía algo líquida. El caldo tenía más sal de la que esperaba y la grasa flotaba en láminas pequeñas que se movían cuando el cuenco vibró por un camión que pasó fuera. No era el mejor ramen que he tomado en este viaje. Era correcto, que a veces es suficiente.

Lo que sí me llamó la atención fue que el cocinero tenía pegado al lado de los fogones un papel con lo que parecía un calendario, pero donde algunos días estaban marcados con un círculo rojo y otros con una cruz, sin que yo pudiera entender la lógica. No pregunté. No era asunto mío y además no habría podido preguntar bien.

Salí a las dos menos cuarto, con el sol en un ángulo que hacía brillar el asfalto mojado de la mañana, aunque ya llevaba horas seco. Natori en un martes de mayo no tiene ninguna urgencia. La gente camina sabiendo a dónde va, los semáforos hacen su trabajo, una señora mayor empujaba un carrito con dos bolsas de supermercado y una funda de paraguas colgando del asa. Todo funcionaba sin que yo formara parte de ello, lo cual estaba bien.

El ajuste de horarios, cuando lo leí bien, no me afectaba realmente: solo cambiaba el margen entre el tren de mañana y el enlace siguiente, que pasaba de veintitrés minutos a catorce. Nueve minutos menos de espera, en un sentido, aunque también nueve minutos menos de margen si algo va mal. Lo anoté: catorce minutos de ventana, andén dos, confirmar antes de las ocho.

La tarde la pasé sin hacer nada que merezca demasiada explicación, cerca del río, donde hay un tramo de camino de tierra que va paralelo al agua y donde no encontré a nadie más que a un perro de talla media que me siguió durante unos doscientos metros antes de perder el interés y detenerse a oler algo en la hierba. El río hacía un ruido bajo y constante. En el agua había una botella de plástico encallada entre dos piedras que no iba a ningún sitio.

Imprescindible en Natori, Japón

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