Hay un olor en Kushiro que no esperaba: algo entre algas secas y asfalto mojado, con una capa de frío que no es el frío de Sendai. Es otro frío. Más horizontal, si eso tiene sentido, como si viniera de todos lados a la vez y no de arriba. Dos horas en el aire desde el corredor de Sendai y el cambio de temperatura se nota antes de que el cuerpo procese nada más.

Antes de salir de Natori tuve que liquidar un asunto que llevaba pendiente varios días: una tarifa adicional que nunca recibí en papel, cobrada en algún momento entre una reserva que expiró y un recargo que nadie supo explicarme del todo. Cincuenta yenes. Bueno, no yenes, más, bastante más, pero el principio es el mismo. Lo anoté, lo resté, lo cerré. No hay mucho más que hacer con esas cosas.

Lo primero que hice en Kushiro fue encontrar la Tottori Odori y caminar por ella sin ningún plan específico, que es exactamente lo que uno hace cuando llega a una ciudad nueva y no quiere parecer perdido pero lo está. La calle tiene ese aspecto de arco comercial que funcionó mejor en otra década: letreros que se superponen, una ferretería al lado de un lugar de ramen, un konbini con la iluminación tan fuerte que parece de día adentro aunque afuera ya oscurece. No es fea. Tampoco es lo que nadie llamaría encantadora.

Me senté en el mostrador de un sitio que se llama Ramen Rakuō, porque era lo más barato que vi en los primeros doscientos metros y porque el mostrador tenía seis taburetes de los cuales solo uno estaba ocupado, lo que me pareció una buena señal de que no iba a tener que gestionar conversación. El hombre detrás del mostrador no levantó la vista cuando entré. Me señaló el menú plastificado con el dedo sin dejar de remover algo en la olla, y eso me pareció un trato completamente razonable. El ramen que llegó tenía el caldo oscuro, espeso, con un trozo de chashu que claramente era el orgullo de alguien aunque nadie iba a decirlo en voz alta. Estaba bien. Mejor que bien, en realidad, pero no voy a ponerme exagerado.

Lo que sí me desconcertó fue la geografía de la ciudad. Había asumido, sin ninguna base particular, que Kushiro sería compacta, manejable, del tipo de ciudad que uno puede entender caminando. No es así. Los barrios están separados por distancias que no se resuelven a pie y el puerto, que uno intuye por el olor y por los camiones que pasan cargados de algo que huele a pescado industrial, no es exactamente accesible desde donde están los hoteles baratos. Estuve mirando el mapa en el teléfono durante más tiempo del que me gustaría admitir, parado en la acera con el viento colándose por el cuello del abrigo, intentando entender si el barrio que me habían asignado para dormir quedaba a veinte minutos caminando o a cuarenta.

Eran cuarenta. Con cuesta incluida.

La habitación es pequeña, lo que no es un problema, pero tiene un ambientador enchufado en la pared que huele a fresa de plástico con una intensidad que uno no espera a las diez de la noche. Lo desenchufé. Ahora huele a nada, que es mucho mejor.

Mañana tengo que calcular si el barrio de Shiranuka vale el transporte o si me quedo en el centro y trabajo con lo que hay. Con lo que queda, más concretamente.

Imprescindible en Kushiro, Japón

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