Cuatrocientos yenes. Eso es lo que pedía el hombre del puesto por una ración de uni sobre arroz, y lo dijo sin mirarme, con la cabeza inclinada sobre la caja de hielo donde los erizos reposaban envueltos en su propia humedad marina. Me quedé un momento calculando en silencio, con el bol de donburi ya en las manos, el salmón naranja encima del arroz y el huevo crudo en el centro, temblando cada vez que alguien pasaba rozando la mesa de madera. El número no cerraba.
El mercado de pescado de Kushiro a las nueve de la mañana huele a agua fría y a aserrín. No a pescado de manera desagradable, sino a algo más neutro, casi mineral, que se mete entre la ropa. La luz entra por ventanas altas y produce un efecto de tarde en plena mañana, lo cual desorienta un poco si llevas dos días ajustando el cuerpo a este horario del norte. Comí el donburi de pie, apoyado en la repisa de madera que da a la calle, porque las cuatro sillas del local estaban ocupadas y nadie parecía tener prisa.
El vecino de repisa era un hombre de unos sesenta años con un mono de trabajo azul marino manchado en la rodilla izquierda, que comía soba fría con una eficiencia que parecía contada. Lo vi terminar en cuatro minutos. Antes de irse, y sin preámbulo de ningún tipo, señaló hacia la calle y dijo algo que incluía las palabras «Route 44» y un número que sonó como «dos», o quizá «doce». Le pregunté, con el japonés roto que cargo encima, si hablaba de buses hacia Shiranuka. Asintió. Levantó dos dedos. Los bajó. Levantó uno. Luego se fue.
Interpreté eso como: dos frecuencias por la mañana, una por la tarde. O dos horas de espera. O que el bus del mediodía no existe los martes. Las tres opciones son igualmente posibles y no tengo manera de verificar cuál es correcta sin ir hasta la parada y esperar, que es exactamente lo que no quería hacer hoy si el tiempo no acompañaba. El tiempo no acompaña del todo, pero tampoco llueve, que en Kushiro en mayo parece ser ya un mérito.
Volví a mirar los erizos. El hombre del puesto seguía sin mirarme. Hay una dignidad particular en los vendedores de mercado que no presionan, que exponen la mercancía y esperan, y que si no compras simplemente reorganizan el hielo. No compré los cuatrocientos yenes de uni. Me quedé con el donburi que ya había pagado antes, que costó menos y que estaba bien, sin ser memorable, con el arroz un punto demasiado blando y el salmón cortado en láminas más gruesas de lo habitual, pero la yema del huevo rompió limpia sobre todo lo demás y eso compensó algo.
Apunté en el teléfono: «Shiranuka, verificar horarios en parada, Route 44, quizá dos salidas mañana.» Es un hilo que no se va a resolver solo. Habrá que ir hasta la parada o preguntar en algún sitio donde alguien tenga acceso a la información real, no a la interpretación de dos dedos levantados y bajados por un hombre con prisa.
El sol de media mañana entró de golpe por la ventana cuando alguien abrió la puerta del mercado, y el bol de madera proyectó una sombra larga sobre la repisa. El erizo de mar seguía en su caja de hielo, naranja oscuro, quieto.
Imprescindible en Kushiro, Japón
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