Llevaba cuarenta minutos sentado en la misma silla cuando me di cuenta de que la cafetería había empezado a sonar rara, como de otra época. Una canción que reconocí sin poder ponerle nombre exacto, de esas que escuchabas en casa de alguien y nunca buscabas porque te parecía que siempre iba a estar disponible de alguna forma. Me quedé.
El plan era salir hacia Shiranuka antes del mediodía. Tenía más o menos calculado que con lo que me queda en la cartera el traslado salía justo, el almuerzo por los pelos, y volver sin imprevisto requería que todo funcionara según lo previsto. Lo cual en Kushiro, esta semana, no ha sido la norma. Así que cuando la canción se repitió, por disco o por algoritmo no lo sé, lo apunté en el cuaderno como nota al margen: «Shiranuka, pendiente, verificar horarios bus por Route 44», y no me moví.
La cafetería está en Tottori Odori, aunque cuesta llamarlo boulevard porque es básicamente una calle comercial con marcas que ya cerraron en otros sitios del mundo hace cinco años. El mostrador tiene una mancha de agua en forma de arco que lleva días ahí. Sé que lleva días porque ayer también estaba. El señor que atiende escribe los pedidos con un bolígrafo que cada vez que lo destapa hace un clic lo bastante alto para ser molesto, y sin embargo no molesta.
Pedí un café que llegó con el dibujo de un corazón en la espuma, mal hecho, más bien un óvalo irregular, lo cual me pareció bien. Los corazones perfectos en el café me parecen un esfuerzo innecesario. Me senté de cara a la calle y desde ahí se ve un trozo del puerto, no mucho, pero sí el suficiente para notar el humo que sale de algún barco pesquero antes de las diez de la mañana, y el olor que llega cuando el viento gira un poco, que es una mezcla de gasoil y algo orgánico que no quiero analizar demasiado.
La cuestión de Shiranuka la dejé aparcada. Kushiro no es una ciudad que te pida nada ni te sugiera nada en particular. No hay señales que te empujen a ningún lado, ningún corredor turístico que te encamine hacia una experiencia específica. El Nakamachi a esta hora está cerrado o entreabierto, las yakitori del día anterior están ya en prep, la Route 44 hacia el este lleva tiempo y los buses no son frecuentes. Todo esto no me parece un problema, simplemente es la aritmética del sitio.
Me quedé hasta que el local empezó a llenarse un poco, cosa que tampoco fue dramática porque Kushiro a mediodía no se llena de nada de forma dramática. La persona que entró después de mí pidió algo señalando el menú con el dedo porque no hablaba japonés, o no quería hablar japonés, y el señor del bolígrafo lo miró un segundo más de lo necesario antes de anotar. No pasó nada más.
Salí con el cuaderno en el bolsillo y la decisión de Shiranuka sin tomar. El óvalo irregular del café ya lo había terminado mucho antes, pero lo estaba pensando todavía mientras cruzaba hacia la acera de enfrente, donde hay un puesto de periódicos que vende también calcetines, lo cual sigue pareciéndome una combinación difícil de justificar y sin embargo completamente coherente en este bloque.
Imprescindible en Kushiro, Japón
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