La línea de la Ruta 44 hacia Shiranuka existe. Sale del centro, pasa por el humedal, tarda aproximadamente una hora en condiciones normales. Lo sé porque ayer, en el mercado de pescado, alguien que llevaba delantal naranja y botas de agua me explicó los horarios con una paciencia que no me merecía, señalando con el dedo en un papel plastificado que tenía pegado al puesto. Treinta minutos respondiendo mis preguntas sobre autobuses a alguien que claramente tenía cosas mejores que hacer. Me quedé con los horarios. Los horarios no bastan.

El problema es el presupuesto. Trescientos diez yenes no es un número dramático, es un número concreto, y cuando empiezo a hacer la suma del viaje de ida, la comida fuera, el regreso, y cualquier cosa imprevista que aparezca entre Kushiro y Shiranuka, el margen se reduce a algo que no me convence. No es que no pueda ir. Es que si voy y algo falla, la posición en la que quedo es complicada. Ya me ha pasado antes este verano que un pequeño contratiempo se convierte en un día entero resuelto a trompicones y con más gasto del previsto. No necesito otro de esos.

Así que esta mañana me quedé en Kushiro. Humedal desde el mirador de Hosooka, que se llega a pie desde la ciudad si uno no tiene problema con cuarenta minutos de cuesta y después otros cuarenta de vuelta. Caminé con el frío pegando en la cara, un frío húmedo que viene del marjal y no del viento, y llegué al mirador para encontrar a tres jubilados japoneses fotografiando las grullas con objetivos que probablemente cuestan más que mi presupuesto total del mes. El humedal es enorme y plano y algo aburrido si uno espera dramatismo. No lo espero. Me gusta que sea tan llano, tan sin pretensiones, una extensión de hierba amarilla y agua quieta que no intenta impresionar a nadie.

Lo de las grullas es otra cosa. Son grandes de una manera que resulta casi incorrecta, como si la escala estuviera mal calibrada. Una levantó el vuelo mientras yo miraba y el sonido que hizo, ese batir de alas seco y pesado, me sobresaltó de verdad. El señor de al lado, el del objetivo enorme, no levantó los ojos del visor. Supongo que lleva años viniendo aquí y ya no le sobresaltan.

El mirador tiene un cartel informativo con el mapa del humedal y alguien ha escrito a bolígrafo en el margen, en un japonés que pude descifrar parcialmente, algo parecido a «el mejor ángulo está cuatrocientos metros al este». No hay sendero marcado hacia ese punto. Lo busqué. No lo encontré. Me quedé donde estaba.

La decisión sobre Shiranuka queda aplazada, no cancelada. Si el presupuesto cambia en los próximos días, la Ruta 44 sigue existiendo y los horarios que apunté en el teléfono siguen siendo válidos. Si no cambia, pues no. Kushiro tiene suficiente humedal para mantenerse interesante otro día sin necesidad de moverme más lejos. Hay un mirador adicional al norte que todavía no he visto, y según el cartel del ayuntamiento que hay frente al alojamiento, hay actividad de observación de aves al amanecer los sábados. Hoy es martes.

La grulla del batir de alas seco siguió volando hacia el norte hasta que la perdí de vista, y los tres jubilados empezaron a desmontar los trípodes en silencio.

Imprescindible en Kushiro, Japón

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