Cuatro calles paralelas, un Family Mart en cada esquina y el mismo olor a fritanga tibia que sale de los izakayas a cualquier hora del día. Kushiro de mañana tiene algo de ciudad que no termina de despertarse, aunque ya sean las diez y cuarto. La Tottori Odori aguanta el viento con esa dignidad aburrida de las avenidas comerciales de provincias: tiendas de ropa con maniquís desteñidos, una óptica, una farmacia con carteles de descuento que llevan meses pegados al cristal.

Tenía pendiente recorrer la 愛国北園通 sin prisa, básicamente porque ayer no llegué hasta el tramo norte y quedé con la sensación de haberla visto a medias. Unos ochocientos metros de tiendas de ramen y yakiniku apretadas contra locales que venden artículos de ferretería sin ningún criterio aparente. El orden urbano de Kushiro no sigue una lógica que yo entienda, y eso, curiosamente, lo hace más interesante que muchas ciudades que sí la tienen.

En el tercer bloque desde el cruce con la prefectural hay un local que no encaja: ビストロ ジョワ, nombre en katakana, fachada de madera oscura con un letrero de pizarra escrito a mano. Dos sillas fuera. Dentro, luz muy tenue y una carta en japonés sin fotos. Entré porque me pareció raro que existiera ahí, entre una tienda de uniformes escolares y un sitio que vende paraguas al por mayor. El café costó 550 yenes, que es más de lo que debería costarme un café esta semana, y sin embargo me quedé cuarenta minutos sentado porque el asiento de madera tenía la altura exacta para apoyar el codo y leer sin doblar el cuello. Detalles así no figuran en ninguna reseña.

Lo del encuentro fue sin guion ni intención. Un hombre de unos sesenta años, chaqueta gris, mochila de hiking con el logo de un fabricante de botas que reconocí como danés, se sentó a la mesa contigua y desplegó un mapa en papel, cosa que ya no se ve casi nunca. Intentó preguntarme algo en japonés. Respondí que no entendía, señalé el mapa, hice un gesto vago hacia la ventana. Lo que siguió fueron cuatro minutos de señalamiento mutuo sobre un plano donde yo no sabía leer los nombres y él tampoco sabía muy bien qué necesitaba de mí. Al final señaló una calle, yo asentí con una convicción completamente falsa, y él salió con el mapa doblado bajo el brazo. No sé si le ayudé. Probablemente no.

El regreso por la Tottori Odori fue más rápido porque la conocía, aunque se me escapó un callejón lateral que no había visto antes y que llevaba a un aparcamiento cubierto en desuso con las paredes cubiertas de carteles de conciertos de 2017 y 2019. Ninguno de los grupos me sonaba. Saqué una foto que probablemente no voy a usar.

La tarde aquí pasa de una manera particular: no lenta, sino sin bordes. Las cuatro y veinte parecen las dos y media porque la luz overcast de Kushiro no da información horaria. Me queda poco presupuesto para lo que resta de excursión y los 550 yenes del café pesaron más de lo que deberían, de modo que la cena va a ser combini o nada. La tercera opción es ese ramen de 780 yenes que vi en el escaparate de un local sin nombre en 愛国北園通, con foto en la carta y una olla humeando visible desde la calle. Eso está por decidir.

El mapa del hombre de la chaqueta gris era de papel de verdad, con pliegues desgastados en las esquinas, como si lo hubiera usado muchas veces antes de llegar aquí.

Imprescindible en Kushiro, Japón

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