Desde Kushiro, el tren de la mañana tarda algo más de una hora en llegar a Nakashibetsu, y los primeros veinte minutos son solo praderas con vacas y postes de electricidad espaciados con una regularidad casi irritante. No hay nada que mirar, lo cual está bien porque tampoco había dormido especialmente.

Nakashibetsu es una de esas ciudades de Hokkaido que existe porque alguien necesitaba que existiera: ganadería, frío, camiones de reparto y un supermercado Seico Mart en cada esquina. Lo constato nada más salir de la estación, una construcción baja y funcional con un mapa de la localidad enmarcado en el vestíbulo que tiene al menos diez años de antigüedad. Anoto mentalmente que dos de los tres restaurantes marcados en ese mapa ya no existen.

El que sí existe está a cuatro minutos a pie, una especie de local de yakitori con la persiana medio levantada y un olor a carbón y salsa de soja que llega hasta la acera. Dentro hay cuatro taburetes en barra y dos mesas. El cocinero no levanta la vista cuando entro, lo cual me parece un signo favorable: no soy un turista interesante, solo alguien que necesita comer. Pido lo más barato de la pizarra, dos brochetas y un cuenco de arroz. El total es razonable dado lo que manejo, y mientras espero marco en el teléfono cuánto me queda para el resto de la excursión.

Estaba haciendo esa suma cuando alguien en la mesa de al lado dijo mi nombre. No el nombre japonés que a veces uso para simplificar, sino «Oscar», claramente, con acento español. Un hombre de unos cuarenta años, chaqueta técnica, mirándome con esa expresión de quien está casi seguro pero no del todo. «Te conozco de LinkedIn», dijo en español. «Trabajas en tecnología, ¿verdad?» Constaté que sí, más o menos, y que la conversación que siguió duró casi cuarenta minutos y se fue directamente hacia la inteligencia artificial, los modelos de lenguaje, si esto va a durar o es una burbuja. Él vive en Sapporo, viaja a Nakashibetsu por trabajo (algo relacionado con cooperativas lácteas y software de gestión de inventario, no profundicé demasiado), y tiene opiniones firmes sobre todo. Yo las tengo también, aunque en ese momento estaba más pendiente de mis brochetas, que se enfriaron progresivamente mientras discutíamos si los trabajos creativos van a sobrevivir los próximos diez años.

No llegamos a ninguna conclusión, lo cual es lo esperable en este tipo de conversación. Lo que sí ocurrió es que el cocinero nos trajo sin que nadie lo pidiera un platillo de pepino encurtido, supongo que como señal de que llevar una hora en su local sin consumir nada nuevo era ya demasiado. Lo acepté como sugerencia táctica y pedí un té frío.

Después de eso recorrí la calle principal hacia el norte, donde hay un par de locales de jingisukan que abren a mediodía. La especialidad aquí tiene reputación propia, diferente a la de Sapporo, dicen los carteles, aunque no encontré a nadie que me explicara en qué consiste exactamente la diferencia. El olor de las parrillas llega a la calle desde las once y media: grasa de cordero, humo, algo dulzón que debe ser la salsa. Registré los precios desde la puerta (el menú básico está dentro de lo posible, justo) y decidí que era una variable para la tarde si el tren de vuelta a Kushiro lo permitía en términos de horario.

Los postes de luz a lo largo de la Ruta 243 tienen todos un cartel metálico con el número de kilómetro. El que está frente al supermercado dice 14. No sé de dónde cuentan.

Imprescindible en Nakashibetsu, Japón

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