El móvil se fue al negro pasadas las diez de la mañana, exactamente cuando intentaba verificar si Toriton-dori terminaba en la rotonda frente al río o seguía otros cien metros hacia el norte. La pantalla en negro, nada. Llevaba el cable pero no el adaptador, cosa que no me perdoné en silencio mientras seguía caminando.

Me quedé parado frente a una ferretería pequeña con cajas de plástico apiladas hasta el marco de la puerta. Dentro había un hombre de unos sesenta años contando tornillos sobre una bandeja de corcho, sin música, sin televisión de fondo. Le pregunté por el ramen de la zona con el japonés mínimo que tengo, señalé en distintas direcciones, y él me señaló hacia el sureste con la misma calma que hubiera usado para indicar dónde estaba el martillo. No dijo cuánto había que caminar. Supuse que no lejos.

La calle que encontré siguiendo esa dirección no aparecía en los planos que había visto antes. Un tramo de unos doscientos metros entre un taller de carrocería y un almacén de pescado en seco, con un único puesto de comida sin nombre visible, solo un letrero plastificado con una foto de ramen en tonos que ya habían perdido la saturación. Entré porque no había ninguna otra opción razonable y porque el olor desde la puerta era a sopa de hueso, algo que a esta hora de la mañana ya sugería que llevaban horas cocinando. El cuenco que llegó tenía fideos demasiado cocidos y un trozo de cerdo que estaba bien, no como para que nadie escribiera nada al respecto, pero bien. Me costó 750 yenes que no quería gastar y que gasté igual.

La parte que no esperaba fue la vuelta. Sin teléfono, sin posibilidad de cargar hasta que encontrara un café o un konbini con enchufe disponible, tuve que mapear a pie, que es más lento pero más honesto. Kushiro tiene esa geometría de ciudad media japonesa que parece diseñada para funcionar sin turistas: los comercios no se promocionan hacia la calle, las calles no tienen señalización especial para peatones, los locales asumen que sabes dónde vas. Encontré por casualidad un tramo de la Ruta 44 donde los negocios cambian de carácter bruscamente, como si hubiera una línea trazada en el suelo que separara el distrito de Kushiro del municipio de Kushiro-cho. No hay cartel que lo explique. Hay que saberlo o notarlo.

Lo noté porque el asfalto cambiaba y porque la densidad de coches aparcados bajaba de golpe. Eso fue todo. Una anomalía sin explicación inmediata, la clase de cosa que el teléfono con conexión hubiera resuelto en diez segundos y que sin él se queda como una pregunta sin respuesta para más tarde o para nunca.

Encontré un konbini en Toriton-dori cerca de la una. Enchufé el cable, pedí un café de máquina que estaba aceptablemente malo, y esperé quince minutos sentado junto a la ventana. El café tenía un olor a plástico caliente que venía del propio dispensador, algo que me hace pensar que nadie limpia esa máquina con la frecuencia que debería. Anoté la calle sin nombre. Anoté la frontera rara de la Ruta 44. Anoté que hay una zona frente al río que todavía no he cubierto y que en algún momento del día habría que revisar.

El móvil volvió. Lo primero que hice fue verificar la longitud de Toriton-dori. Termina en la rotonda. No seguía cien metros hacia el norte.

Imprescindible en Kushiro, Japón

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