El pavimento mojado de la calle frente al Lawson de Tottori-odori tenía ese brillo grisáceo que tiene el asfalto cuando lleva lloviendo desde antes de que nadie se levante. Eran poco más de las once. Me había quedado parado más tiempo del necesario mirando los onigiri envueltos en plástico porque el de salmón costaba 148 yenes y el de atún 138, y esa diferencia de diez yenes, con lo que tengo encima, no es del todo trivial. Cogí el de atún. El contador de la caja me lo pasó sin mirarse, con la precisión de alguien que lleva ocho horas haciendo exactamente lo mismo.

Salí y me comí el onigiri apoyado en la pared exterior, que no era agradable porque el frío de la pared traspasaba la ropa bastante rápido, pero tampoco tenía ningún plan que justificara caminar a otro sitio. Tenía pendiente decidir qué hago con Shiranuka y con la Ruta 44, aunque eso lo pospongo cada vez que llego a pensarlo, como si la ruta fuera a resolver sola el problema de cuándo y cómo.

Fue entonces cuando escuché el golpe. No un golpe de caída, sino ese sonido compacto que hace algo contra algo más duro, y giré la cabeza. A unos veinte metros, en la entrada de uno de esos pasillos semitechados que quedan entre un edificio de oficinas y una tienda de artículos de papelería, había un hombre de unos cuarenta años con la mano extendida hacia una señora mayor que apretaba el bolso contra el costado con una fuerza que no parecía normal para alguien de su tamaño. No era una conversación. El hombre tenía la mandíbula apretada y la postura de quien ya ha calculado que puede marcharse antes de que nadie reaccione.

No sé exactamente qué pensé. Creo que no pensé nada concreto. Me moví hacia allí y dije en voz alta, en japonés malo, algo como «oí, qué pasa», que probablemente sonó ridículo, pero el hombre me miró y en ese segundo de pausa la señora dio dos pasos hacia atrás y empezó a gritar hacia la calle principal. El hombre se fue. No corrió del todo, pero caminó muy rápido hacia el lado contrario, y a los treinta segundos ya no lo veía.

La señora me habló durante varios minutos sin parar. No entendí casi nada. Asentí varias veces y ella me mostró el bolso intacto, lo que me pareció un alivio mayor de lo que esperaba. Llegó un policía en bicicleta que tomó mis datos con una paciencia casi excesiva, escribiendo en un formulario pequeño con un bolígrafo que le fallaba y que él sacudía entre cada tres palabras. Me preguntó si tenía teléfono japonés. Le dije que no. Anotó el número del alojamiento.

Por la tarde me llamaron del koban del barrio para decirme que el agente que había gestionado el caso quería invitarme a cenar. No era una pregunta, exactamente, aunque tampoco era una orden. Dije que sí porque no se me ocurrió qué otra cosa decir. La cena fue en un sitio pequeño cerca del río Kushiro, cuatro mesas, una pantalla encendida en silencio en la esquina, y el agente que resultó tener el mismo apellido que el cocinero del local, cosa que no aclaró si era coincidencia o parentesco. Pedí lo que él pidió porque el menú estaba solo en japonés y no había foto de ningún plato. Resultó ser un guiso de raíz de loto con cerdo que no estaba mal, aunque el dashi era más dulce de lo que esperaba.

Cuando salí eran casi las nueve. La calle Aikoku-kitazono-dori estaba prácticamente vacía y el frío ya no era suave. Shiranuka sigue sin decidirse. Y mañana tampoco sé.

Imprescindible en Kushiro, Japón

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