Aterricé en Akita con el asiento vacío de al lado manchado de algo que preferí no identificar, y esa fue la primera señal de que el día no iba a ser especialmente elegante. El vuelo salió con casi dos horas de retraso desde Kushiro, sin explicación que entendiera del todo, solo un anuncio en japonés que la señora sentada a mi izquierda recibió con un suspiro largo y resignado, como si lo estuviera esperando. Yo no lo esperaba. Tenía pensado llegar con luz de tarde y en cambio llegué con luz de noche, lo cual en Akita en esta época significa que la ciudad ya está medio recogida cuando pisas la calle.
El taxi me dejó cerca de Chuo-dori, que es la arteria que divide la ciudad de una manera que parece lógica sobre el mapa pero que caminándola resulta bastante menos dramática de lo que sugiere el nombre. Hay un par de cadenas de conveniencia, algunos locales con cortinas de tela en la entrada, un pachinko con el volumen a nivel de obra civil. Nada que no hayas visto antes si llevas semanas en Japón, pero el orden de las cosas cambia según la ciudad, y aquí el orden tiene algo de provincial sin ser exactamente tranquilo.
Me acordé, caminando, de un asunto que llevo pendiente desde hace días: un encuentro con la policía en circunstancias que prefiero no resumir en tres líneas porque no las entendí del todo en el momento, y que sigo sin entender. No hubo consecuencias inmediatas pero tampoco hubo cierre, y esa sensación de hilo suelto es incómoda cuando estás llegando a una ciudad nueva con ganas de empezar con la cabeza despejada. Decidí, sin mucha convicción, anotarlo en el teléfono como pendiente y dejarlo ahí por ahora.
Encontré un ramen en Minami-dori, uno de esos locales con ocho taburetes y un cocinero que no levantó los ojos en ningún momento salvo para poner el bol delante de mí. El caldo era de ese tipo oscuro y grasoso que en otro contexto me parecería excesivo, pero después de dos horas parado en una sala de espera comiendo una galleta de arroz que compré por impulso, era exactamente lo que necesitaba. El cocinero tenía un pequeño ventilador de sobremesa apuntando al techo, no a él, y llevaba un mandil con una mancha de miso en la esquina inferior izquierda que claramente llevaba varios días ahí. Eso me pareció bien. Me pareció honesto.
El presupuesto que tengo en este momento es ridículo para una ciudad nueva, y no digo esto como queja sino como dato operativo: hay que elegir bien qué se paga y qué se puede caminar. El eje entre el puerto y las montañas que se ven al norte tiene una lógica de ciudad trabajadora que, si uno la lee bien, permite moverse sin gastar demasiado. No es una ciudad diseñada para el turista que viene a perderse encantado. Es una ciudad donde la gente va al trabajo y vuelve del trabajo y en el medio compra tofu en el supermercado. Eso, paradójicamente, la hace más navegable para alguien como yo que necesita estirar cada yen.
Las ruinas del castillo de Kubota están a quince minutos a pie desde donde dormí esa noche, en un alojamiento que olía a madera mojada y desinfectante de fresa barato, no desagradable, solo muy específico. Mañana las veré con luz diurna. O no las veré, según cómo amanezca. El hilo suelto del que hablé antes sigue ahí, enrollado en algún lugar entre el teléfono y la memoria, y no sé todavía si necesita resolverse aquí o si viajará conmigo a la próxima parada.
El ventilador del ramen giraba despacio y el cocinero fregó el bol sin hacer ruido.
Imprescindible en Akita, Japón
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