Metí la mano en el bolsillo del pantalón y el bolsillo estaba vacío. No el tipo de vacío que ignoras, sino el tipo que te hace sacar el otro bolsillo, luego la mochila, luego volver a mirar el primer bolsillo como si te hubieras equivocado. El sobre con el efectivo que guardé anoche, los billetes que separé para los próximos días, no estaba. Tampoco en la cremallera lateral. Ni entre las páginas del cuaderno donde a veces meto cosas sin pensar.

Reconstruí los pasos de la mañana sentado en un banco de los jardines del castillo Kubota, que en realidad ya no es un castillo sino un conjunto de murallas bajas y arbolado viejo que la gente usa para pasear a sus perros antes del desayuno. Un señor mayor pasó con un shiba inu que llevaba un impermeable azul marino. El perro me miró un segundo, sin interés, y siguieron caminando. Pensé en el konbini de anoche, en si saqué los billetes para pagar algo y no los volví a meter bien. No tengo certeza. El dinero se fue y ya no hay mucho que hacer.

Lo que sí tengo claro es que esta mañana no quería moverme de Akita. Llevaba demasiados días resolviendo imprevistos en tránsito, esperando en andenes, recalculando, y en algún punto el cuerpo empieza a cobrar esas cuentas de una manera bastante aburrida: te vuelves lento, te quedas mirando los carteles sin leerlos, te sientas en el primer sitio disponible. El parque del castillo no es espectacular, para ser honesto, es bastante discreto comparado con lo que prometen las fotos de otoño, pero tiene algo útil: no pide nada.

Después caminé por Naka-dori, la calle cubierta que atraviesa el centro, esa especie de galería larga con techo de metal y tiendas que mezclan papelerías antiguas con locales de ropa sin ningún criterio aparente. Entré a un sitio pequeño donde vendían kiritanpo, el palo de arroz prensado que se come en sopa o a la brasa. La mujer que atendía no levantó la vista cuando entré y tampoco cuando pedí. Me sirvió sin comentario, sin sonrisa, sin ninguna de esas pequeñas performances de hospitalidad que en otros sitios se sienten obligatorias. El kiritanpo sabía a arroz tostado con algo dulce por debajo, y la sopa tenía miso y cebolleta y un trozo de pollo que casi se deshacía solo. No sé si era particularmente bueno o si simplemente tenía hambre y hacía frío.

Lo del dinero lo procesé mientras comía. No es una catástrofe, es un contratiempo. Queda suficiente para los próximos días si no hago cosas innecesarias, lo cual tampoco tengo mucha energía de hacer. Apunté el monto que falta en el margen del cuaderno, como hago siempre, no para dramatizar sino para no confundirme más adelante.

Lo curioso es que perder ese sobre fue lo primero que me sacudió de verdad en varios días. Todo lo anterior había sido ruido de fondo, cosas que pasaban y que resolvías o no resolvías y ya. Esto fue concreto: algo que estaba y dejó de estar. No sé si eso dice algo sobre cómo llevo las semanas o solo sobre cómo funciona la pérdida concreta frente a la incomodidad difusa.

La mujer del local de kiritanpo tenía un billete de cien yenes pegado con cinta en el marco de la caja registradora. No sé por qué estaba ahí. No pregunté.

Imprescindible en Akita, Japón

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