«¿Hakodate?», le pregunté a la señora del asiento de al lado, un poco tarde, porque el andén de Kikonai ya había desaparecido por la ventana y yo llevaba media hora mirando el paisaje equivocado. Ella asintió, luego negó, luego señaló hacia atrás con un gesto inequívoco. Había subido al vagón correcto pero en la dirección contraria, lo cual me parece un nivel de descuido difícil de justificar incluso cuando uno está cansado, y yo estaba cansado. Tardé otros veinte minutos en encontrar la siguiente parada donde bajar, esperar, y subirme al tren que iba en el sentido que debía.

Llegué a Hakodate con el día ya partido por la mitad y con la lista mental de lo que podía permitirme bastante más corta que la que había traído desde Akita. Hay una pérdida de la semana pasada que todavía no termino de entender del todo, cincuenta mil yenes que se fueron en una situación que prefiero no detallar porque todavía me irrita, y eso ha convertido cada decisión aquí en algo más deliberado de lo habitual. No turismo. Orientación.

El puerto no se parece en nada a las fotos que había visto de Hokkaido, que tienden a ser montañas y nieve y paisajes que parecen sacados de un calendario. El puerto es una zona de trabajo con olor a pescado, a diésel, y a algo parecido al óxido húmedo que no sé nombrar mejor. Las embarcaciones de pesca están atracadas en la parte norte, unas al lado de otras, con los cascos pintados de azul oscuro o de rojo desgastado, y hay operarios descargando cajas de anime (así llaman aquí a las cajas de icopor blanco donde va el marisco) con una eficiencia que no admite turistas curiosos parados en medio del camino. Me hice a un lado rápido cuando uno de los hombres me miró con la expresión de alguien que tiene cuarenta cajas más por mover antes del mediodía.

El mercado de pescado, el Hakodate Asaichi, estaba ya en su fase descendente a esa hora, con los mejores puestos medio vacíos y los vendedores organizando lo que quedaba o limpiando las mesas con mangueras de agua fría. Compré un onigiri de ikura en un puesto pequeño junto a la salida lateral, el arroz un poco más caliente de lo que esperaba y las huevas con un sabor salado que no tenía tiempo de ser sutil. Costó doscientos yenes. La señora que me lo vendió no me miró a los ojos en ningún momento, lo cual al principio interpreté como frialdad y luego simplemente como alguien que lleva cuatro horas de pie y tiene mejores cosas en que pensar.

Estuve un rato largo cerca de los almacenes del barrio Kanemori, que son de ladrillo rojo y tienen esa estética de puerto industrial del siglo pasado reconvertida parcialmente en tiendas, aunque la parte que me interesaba era el muelle de atrás, donde unos hombres estaban reparando redes. No es que yo supiera nada de redes de pesca, pero pregunté igual, con mi japonés de vocabulario mínimo y mucho señalar, si necesitaban a alguien para algo. El más joven del grupo, que tendría unos cincuenta años y llevaba un chaleco naranja con el cuello sucio, se rió sin crueldad y dijo algo que no entendí, pero el gesto fue definitivamente un no. No me importó demasiado. Era una posibilidad remota desde el principio.

El monte Hakodate se ve desde casi cualquier punto del puerto, verde y bastante vertical al fondo del horizonte urbano, pero no subí. Con lo que me queda no pago el teleférico y caminar hasta arriba lleva más tiempo del que tenía. Lo anoté como pendiente para nadie en particular, lo cual es la forma más honesta de decir que probablemente no vuelva.

El tren de vuelta salía a las seis. Me quedé sentado en los escalones de uno de los almacenes Kanemori hasta las cinco y media, con las manos en los bolsillos y el último trozo de onigiri que me había guardado para no gastar nada más.

Imprescindible en Hakodate, Japón

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