Saqué la libreta esta mañana y conté: seis veces en semanas recientes llegué tarde a algo, pagué de más por algo, esperé más de lo previsto por algo. Seis veces el mismo patrón, la misma lógica de pequeñas roturas acumuladas. Y aquí estoy, sentado en un banco de madera en Nakadori-dori mientras un señor barre la acera de su tienda de lacas con una escoba de bambú que suena a papel arrugado, y me pregunto en qué momento decidí que seguir moviéndome era lo mismo que avanzar.
Akita tiene esa cosa rara de las ciudades que no tienen nada que demostrar. No hay un monumento que todo el mundo venga a fotografiar, no hay una sola calle que aparezca en todas las guías como "imprescindible". Lo que hay es un ritmo de ciudad media japonesa que funciona sin pedirte que te entusiasmes: el olor a madera lacada mezclado con vapor de gyutan de algún local cercano, los semáforos con sonido de pájaro, la señora de la farmacia que me miró durante tres segundos completos antes de responderme dónde quedaba el konbini más cercano. No me cayó mal. Simplemente no tenía tiempo para turistas a las diez de la mañana.
Me compré un onigiri de salmón y me lo comí de pie junto a un contenedor de reciclaje color amarillo fosforescente, que es probablemente la descripción menos fotogénica posible de un desayuno en Japón. Y mientras comía fui abriendo la libreta otra vez, esta vez en serio. Los números están feos. No de forma catastrófica, pero lo suficientemente feos para que no pueda ignorarlos. Hay una deuda pendiente de una complicación en Kushiro que todavía no terminé de resolver, hay dinero que se fue en pequeños descuidos que suman más de lo que quería admitir, y hay una decisión que he estado postergando sobre qué hago con el tiempo que me queda aquí en el norte antes de que moverse se vuelva imposible.
El problema con quedarse quieto es que entonces tienes que pensar. En movimiento siempre hay algo concreto que resolver, un próximo tren, un mapa, un precio que comparar. Parado en Akita, con el sol de junio pegando en la nuca y nada urgente en el horizonte inmediato, lo que aparece es el inventario completo de lo que se fue acumulando. El asunto de la policía en Kushiro que nunca quedó del todo claro. El Monte Hakodate que no llegué a subir. La mochila con una cremallera rota desde hace tres semanas que sigo cerrando con una pinza de tender ropa.
Caminé hasta el castillo de Kubota, que es básicamente un parque con algunos muros reconstituidos y carteles explicativos bastante optimistas sobre lo que alguna vez existió ahí. No está mal, pero tampoco hay que venir hasta Akita específicamente por esto. Lo que tiene el recinto es una especie de silencio trabajado, árboles viejos, una pareja de ancianos que caminaba muy despacio por uno de los senderos interiores y no se decían nada. Me quedé ahí más tiempo del que esperaba, no por los muros sino porque el banco de piedra donde me senté estaba tibio del sol y, después de semanas de movimiento constante, estar quieto en un sitio que no me exigía nada era la primera sensación genuinamente cómoda que tenía desde no sé cuándo.
Antes de volver tomé un café en un local minúsculo en una callejuela paralela a la arteria principal, de esas cafeterías japonesas donde la dueña te pone el café delante sin preguntar nada y luego desaparece hacia la trastienda. El café estaba bien, tirando a aguado, pero la taza era de cerámica con un dibujo de pez mal centrado, ligeramente torcido, como si el pincel hubiera resbalado y nadie hubiera considerado que eso era un problema suficiente para tirarla.
La pinza de tender ropa sigue en el bolsillo lateral de la mochila. El asunto de Kushiro sigue sin resolverse.
Imprescindible en Akita, Japón
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