«Gyokai shiru, futsuu de», dijo el hombre detrás del mostrador sin levantar la vista, como si mi pedido ya estuviera decidido antes de que yo abriera la boca. Asentí, porque en Gassaku no preguntan dos veces y porque, honestamente, ya no tenía energía para construir frases en japonés a las doce y cuarto del mediodía con el frío que entra por la puerta cada vez que alguien cruza el umbral.
Me quedé sentado en el taburete del extremo, el que tiene la barra algo más alta que los otros y donde uno queda ligeramente separado del resto, con el cuenco de caldo entre las manos y esa sensación de que Akita te observa sin hacer nada dramático al respecto. El hombre a mi izquierda comía en silencio absoluto, con los codos apoyados en la barra y la mirada fija en el punto donde el broth deja de verse y empieza el noodle, y había algo en esa concentración que no era tristeza ni indiferencia sino simplemente la forma en que come alguien que ha comido en ese mismo taburete cien veces y no necesita hacer de ello una ocasión. No sé por qué me fijé en él. Quizás porque yo estaba haciendo exactamente lo mismo, o intentándolo.
El caldo de gyokai tiene esa cosa que pasa cuando el dashi de pescado está bien hecho: primero parece suave, casi ligero, y luego hay un punto en el que golpea en la parte de atrás del paladar y te das cuenta de que llevas tres minutos comiendo sin pensar en nada concreto, lo cual en mi caso esta semana es un logro bastante notable. Llevo días cargando con el asunto de los cincuenta mil yenes, o lo que sea en lo que se convirtieron después de que desaparecieran de donde debían estar, y la conclusión a la que llegué esta mañana mirando el techo de la habitación es que no hay mucho que resolver ahí salvo ajustarse. Sin drama. Sin espiral. Solo ajustarse y ver.
Salí después a caminar por Chuo Street sin ningún objetivo, que es la única manera en que Akita tiene sentido para mí. Las tiendas del centro comercial cubierto tenían esa iluminación fluorescente de mediodía que aplana todo, y la señora que barría delante de una charcutería me miró con una expresión que no era hostil pero tampoco era bienvenida, era simplemente la expresión de alguien que lleva barriendo ese mismo metro cuadrado desde que yo todavía estaba durmiendo y preferiría que nadie le bloquease el paso. Me aparté. Seguí.
Hay algo en Akita que no termina de abrirse. No es una queja, o no exactamente. Es más una constatación de que esta ciudad no está pensada para quien pasa, sino para quien se queda, y yo llevo ya suficiente tiempo aquí para notar la diferencia entre ser un extraño tolerable y ser alguien que entiende aunque sea el veinte por ciento de lo que ocurre. El asunto de Kushiro sigue ahí, en algún lugar detrás de los ojos, sin resolverse, sin urgencia aparente pero tampoco sin peso. No lo toco. Algunos días es mejor dejarlo reposar.
El cielo esta tarde era ese gris uniforme que no amenaza lluvia pero tampoco promete ninguna otra cosa, y las colinas al oeste de la ciudad quedaban casi borradas contra él, un verde oscuro disuelto en blanco. Me detuve en un banco cerca del río Omono y saqué el cuaderno, aunque lo que escribí no merece ese nombre: dos líneas sin verbo y un número que no quiero ver más veces de las necesarias. El viento movía las páginas. Las cerré con la palma de la mano.
Imprescindible en Akita, Japón
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