Llevo siete días en Akita y esta mañana he ido a buscar algo tan concreto como un sello de correos. Una cosa pequeña, manejable, de esas que se supone no deberían costar nada. La oficina de la calle Nakadori abre teóricamente a las nueve. El letrero lo dice con esa precisión japonesa que a veces resulta irónica: horario impreso, plastificado, sujeto con dos tornillos. A las nueve y cuarto seguía cerrada. A las nueve y media, también.
Había un hombre mayor esperando antes que yo, con una carpeta marrón bajo el brazo y una expresión de completa indiferencia hacia el tiempo, como si hubiera aprendido hace décadas que esperar no es un contratiempo sino el estado natural de las cosas. Yo, todavía no. Estuve ahí de pie frente a la puerta, mirando la calle, que a esa hora tiene una calidad de luz rara: demasiado blanca para ser acogedora, demasiado limpia para ser interesante. Al final entré a un konbini cercano a comprar un café en lata que sabía a polvo endulzado con vainilla artificial, y cuando volví, el hombre de la carpeta ya no estaba y la ventanilla seguía igual.
Akita en junio tiene esa humedad que no es calor todavía pero ya presagia que lo será. Caminar más de veinte minutos produce una lentitud en las piernas que no es exactamente cansancio sino algo más parecido al peso de llevar demasiados días en el mismo sitio. No es que la ciudad sea mala. El barrio de Omachi tiene cierta dignidad en sus fachadas de madera lacada, algunas de las cuales llevan claramente décadas sin que nadie les aplique una mano de nada, y eso les da un aspecto más honesto que el de los edificios de cristal nuevos que van apareciendo hacia el sur. Pero siete días son siete días, y la ciudad ya no me sorprende en los recorridos habituales.
Hay algo que llevo dándole vueltas desde ayer: un tipo que encontré en el parque Senshu, cerca del foso del antiguo castillo, que me preguntó de dónde era con una familiaridad un poco excesiva para ser la primera vez que nos veíamos. Me dijo algo en japonés que no entendí, después cambió al inglés, y cuando le dije que era español se quedó callado dos segundos exactos antes de decir «ah, Iniesta» y alejarse. No sé qué buscaba. Quedé con la sensación de que la conversación había sido el inicio de algo que él interrumpió antes de que empezara, y eso me molesta porque no tengo forma de saber si era curiosidad genuina, si quería pedirme algo, o si simplemente fue uno de esos intercambios que no significan nada y que el cerebro infla más de lo necesario cuando uno lleva demasiado tiempo quieto en el mismo lugar.
La ventanilla abrió a las once menos diez. Sin explicación, sin disculpa. La mujer al otro lado me vendió el sello con la eficiencia de alguien que lleva treinta años haciendo exactamente lo mismo y no ve ningún motivo para comentarlo. El sello era más caro de lo que esperaba, lo cual, con el dinero que me queda, tiene una gracia bastante escasa.
Volví a pie por Nakadori hacia la zona de Kawabata, donde hay un puente pequeño sobre el río Asahi desde el que se ve cómo el agua baja turbia todavía por las lluvias de la semana pasada. Me quedé unos minutos apoyado en la barandilla, que estaba caliente por el sol, con el sobre ya sellado en la mano y sin ninguna prisa concreta por echarlo al buzón. Un chico en bicicleta pasó por el puente y le caía una bolsa de plástico del manillar, golpeando el metal a cada pedalada con un ruido rítmico e irritante que se fue apagando hacia la derecha hasta desaparecer. El sobre seguía en mi mano.
Imprescindible en Akita, Japón
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