¿Cuántas veces en siete semanas puede una cosa salir torcida antes de que uno empiece a pensar que no es mala suerte sino un patrón? Anteayer fue el séptimo contratiempo de este tipo, y al contarlo en voz alta en el minshuku donde me estoy quedando, la señora que lleva el lugar me miró con una expresión que no era lástima sino algo más cercano a la confirmación de una teoría que ella ya tenía sobre los viajeros que llegan solos a Oshima en junio.
No tenía ningún plan concreto para hoy, lo cual es una manera elegante de decir que no había dormido bien y que el cansancio acumulado de semanas convierte cualquier decisión en una decisión provisional. Bajé hacia Moto-machi sin propósito específico, con la camisa todavía húmeda del vapor que sube por las mañanas de los respiraderos cerca del camino, y en una de las calles paralelas al puerto vi un cartel escrito a mano en japonés con un pequeño dibujo de lo que parecía ser una copa. Pensé que era algún tipo de taller de artesanía abierto al público, o una exhibición de fotos, o simplemente un sitio donde se podía sentar uno sin que nadie le preguntara nada.
Era una charla de un artista ceramista que trabaja con ceniza volcánica del Monte Mihara. Yo era la única persona allí que evidentemente no había sido invitada. Me di cuenta de esto aproximadamente treinta segundos después de que alguien me pusiera en la mano una copa de vino blanco local, frío y un poco ácido, que acepté por reflejo antes de entender dónde estaba. El artista, un hombre de unos cincuenta años con las manos manchadas de algo grisáceo que no era polvo sino probablemente la ceniza misma de la que estaba hablando, me miró un segundo, no dijo nada, y continuó con su presentación. Nadie me pidió que me fuera. Nadie me explicó nada. Me quedé.
La charla duró cuarenta minutos y entendí quizás un tercio, pero lo que entendí tenía suficiente sustancia: el artista lleva años recogiendo ceniza del Mihara después de cada pequeña actividad sísmica, dejándola reposar, mezclándola con arcilla de la isla, y produciendo piezas que en apariencia son platos normales pero que si uno los toca por debajo tienen una textura irregular que él describió con una palabra que no conozco pero que gestualmente significaba algo como «la memoria del calor». Uno de esos platos estaba en la mesa frente a él, con pescado asado y unas raíces que no supe identificar, dispuesto como ejemplo de uso real o quizás simplemente como almuerzo. El volcán se veía por la ventana detrás de él, sin dramatismo particular, sin nubes, como un cerro gris que lleva allí mucho más tiempo del que cualquier cosa en esta isla puede documentar.
Me terminé el vino. El pescado olía bien, una combinación de sal marina y algo ahumado que no era carbón sino más orgánico, como si el fuego hubiera sido de madera mojada. No me ofrecieron nada de comer y no pregunté.
Lo que sí hice, al salir, fue quedarme parado en la calle más tiempo del normal. Había un gato naranja durmiendo sobre una caja de plástico azul frente a una tienda cerrada, y el sol de media tarde le daba en el lomo de una manera completamente indiferente a todo lo que yo llevaba acumulando desde hace semanas. El Mihara seguía ahí, al fondo, sin opinar sobre nada.
Imprescindible en Izu Ōshima, Japón
Este post contiene enlaces de afiliados.