La calle principal de Obihiro es demasiado ancha. No de manera agradable, no de esa anchura que invita a caminar despacio: es la anchura de una ciudad que en algún momento apostó por el tráfico rodado y nunca cambió de opinión. Las aceras quedan lejos del centro de la calzada y los peatones van pegados a los edificios como si pidieran disculpas por existir.

Me senté esta mañana con un cuaderno en la cafetería frente al cruce de la Ruta 38, pedí un café que llegó correcto pero sin ninguna pretensión, y empecé a contar. Hace cuatro días, un problema de transporte que me costó tiempo y dinero. Hace diez, lo mismo. Hace dieciséis, otra vez. Hace dieciocho, hace diecinueve, hace veintisiete, hace veintisiete. Siete veces en menos de un mes el mismo tipo de contratiempo, casi siempre en el mismo tramo de la misma mañana. Hay algo que deja de ser mala suerte en algún punto de la lista y empieza a parecer un método.

Así que no me moví hoy. No fue una parálisis ni una derrota: fue una decisión tomada mientras el café enfriaba y el cuaderno seguía abierto en la misma página. Obihiro puede esperar un día de turismo espectacular; yo necesitaba un día sin desplazamiento.

La ciudad lo permite. Hay algo en Tokachi, en esta llanura agrícola que rodea Obihiro por todos los lados, que no urge. Los carteles de las tiendas en la Ruta 38 tienen ese aspecto de llevar ahí décadas sin haber necesitado renovarse. Una droguería con el rótulo ligeramente despegado en una esquina. Una tienda de electrodomésticos con un televisor encendido en el escaparate que nadie mira. Al mediodía entré a comer butadon porque era la opción obvia y porque llevaba días pasando por delante sin parar. El cerdo sobre el arroz, la salsa oscura con ese punto de dulzor que no llega a ser molesto: no es comida llamativa, es comida que tiene lógica interna. Me gustó eso. Me gustó que no intentara convencer a nadie de nada.

La señora que atendió el mostrador del local tenía un sistema muy concreto para poner las bandejas: las alineaba con el borde de la barra con un movimiento que claramente había repetido miles de veces, sin mirarlo, como quien ya no necesita confirmar que la mesa sigue ahí. No cruzamos palabra más allá del pedido.

Volví al cuaderno por la tarde. El problema con la lista de siete contratiempos no es el costo individual de cada uno, que fue pequeño. El problema es la textura que dejan en conjunto: una especie de fricción acumulada que no duele en ningún punto concreto pero que pesa de forma difusa. Como llevar la mochila un centímetro demasiado baja durante todo el día. No hay momento en que digas "aquí está el daño", pero al llegar al hotel la espalda sabe perfectamente lo que pasó.

Obihiro no tiene nada que ver con eso. La ciudad es ajena a esa fricción, indiferente en el mejor sentido. La llanura de Tokachi produce trigo, remolacha azucarera, leche. La economía aquí tiene raíces literales. Hay algo estabilizador en estar en un sitio cuyo principal argumento es la tierra que lo rodea y no el espectáculo de sí mismo.

A las cinco de la tarde la luz sobre la Ruta 38 se puso horizontal y gris, de ese gris de junio en Hokkaido que no es amenazante ni bonito, solo constante. Un camión frigorífico pasó sin prisa. La bandera de un concesionario de coches chasqueó una vez y se quedó quieta.

Imprescindible en Obihiro, Japón

Este post contiene enlaces de afiliados.