Al aterrizar en Seattle, lo primero que noté fue que la cremallera lateral de mi mochila ya no cierra. No sé cuándo pasó. Puede que en el último vuelo, puede que antes, puede que llevas días así y no te habías dado cuenta porque andabas demasiado ocupado mirando pantallas de salidas que te mentían. El caso es que la mochila cuelga medio abierta, enseñando un forro verde fosforito que es, probablemente, lo más brillante que hay bajo este cielo gris de junio en el Pacífico Norte.

Seattle. Nueva ciudad, primera vez. Había escuchado lo del gris y la lluvia y el café y el grunge, todo ese inventario cultural que precede a los sitios antes de que uno llegue a verlos de verdad. Nada de eso importa cuando llevas siete semanas acumulando contratiempos: uno hace siete días, otro hace trece, hace diecinueve, hace veintiuno, veintidós, treinta. Los conté en el vuelo, no por masoquismo sino porque necesitaba saber si había un patrón o solo mala suerte. El patrón existe. Y reconocerlo, ponerle número, tiene algo de liberador que no esperaba.

Cogí un autobús hacia Ballard porque alguien en el hostel anterior me había dicho que no fuera al centro si podía evitarlo. Ballard Avenue NW un domingo por la mañana tiene esa textura específica de barrio que ya fue obrero, luego fue hipster, y ahora no sabe muy bien qué es: un cartel de menú vietnamita junto a una tienda de antigüedades con nombre escandinavo, un bar de whisky llamado Radiator Whiskey con la persiana todavía a medio bajar, una señora con un perro salchicha parado frente a La Carta de Oaxaca mirando el menú con una seriedad que le habría dedicado a un contrato. El barrio no me pareció encantador, que conste. Me pareció honesto, que es distinto.

Me senté en un banco de NW Market Street con la mochila entre las piernas, sujetando el bolsillo abierto con la mano como si eso fuera a arreglarlo. Un tipo que barría la acera frente a una ferretería me miró de reojo, luego miró la mochila, luego volvió a barrer sin decir nada. Justo entonces caí en la cuenta de que en Japón nunca se me rompió nada material: solo se rompieron los horarios, las conexiones, los planes. Aquí se rompe la cremallera el primer día. No sé si eso es mejor o peor, pero al menos es tangible.

La pérdida pequeña del día fue un libro. Lo había dejado en el bolsillo exterior (ese mismo que ya no cierra bien) y en algún punto entre el vuelo y el autobús y el banco de NW Market desapareció. Era una novela que llevaba en la mochila desde hace semanas sin terminar, lo cual dice todo lo necesario sobre mi relación con ella. No la eché de menos con dramatismo. La anoté como pendiente y seguí caminando, que es lo que uno hace cuando lleva siete semanas practicando exactamente eso.

Lo que sí me gustó, con razón concreta: el olor. Seattle huele a madera húmeda y a café quemado y a algo vegetal que no identifico, quizá el agua del fiordo cerca, quizá solo tierra mojada. Es un olor que obliga a respirar despacio. No digo que sea bonito, digo que es específico, que es el olor de este sitio y no de otro, y después de semanas en sitios que olían a lo mismo sin importar el mapa, eso tiene valor.

Crucé hacia una calle lateral buscando agua embotellada. El primer supermercado tenía la música demasiado alta para ser las once de la mañana de un domingo, una especie de pop electrónico que nadie en la tienda parecía escuchar pero que me empujó hacia la caja en menos de tres minutos. Salí con el agua y con un sándwich de cartón que no pedí pero que estaba en el mostrador a la altura exacta de mis ojos cuando pagué.

La mochila sigue abierta.

Imprescindible en Seattle, Estados Unidos

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