Tres migas de pan en la madera. Las conté porque no tenía otra cosa que hacer con las manos mientras esperaba el butadon, y eso ya dice bastante del sábado que estoy teniendo.

El local está en la zona de Nishi, uno de esos sitios de contador largo donde los taburetes no tienen respaldo y la carta solo tiene tres opciones y nadie espera que escojas mucho tiempo. Pedí el mediano sin pensarlo. La chica que tomó nota ni levantó la vista del bloc, lo cual me pareció perfectamente razonable. No hay nada que comentar sobre un pedido de butadon a mediodía en Obihiro. Es lo que hay que hacer y punto.

La taza de café que quedaba delante de mí tenía la espuma ya rota, casi disuelta, y en la superficie de madera había una mancha vieja con forma vagamente triangular que claramente nadie ha podido quitar desde hace años. Me quedé mirando esa mancha un rato más de lo que debería admitir. Ayer hubo algo, una conversación o un cruce de palabras o un momento que no supe leer en el instante en que pasó, y hoy todavía lo llevo encima como un objeto que metes en el bolsillo del pantalón y luego no recuerdas si tiraste o guardaste. No es urgente. Tampoco es cómodo. Simplemente está ahí.

Hace seis días tuve otro de esos días donde todo va levemente torcido, el tipo de día donde nada falla de forma dramática pero tampoco nada funciona del todo, y me di cuenta hoy, sentado aquí, que no acabo de recuperarme de ese patrón aunque la lógica diga que debería. El cuerpo lleva la cuenta de otra manera.

El butadon llegó con el arroz un poco más húmedo de lo que me gusta y la carne con esa glasa oscura que tiene un punto dulce que al principio parece demasiado y luego no quieres que termine. Eso sí es genuinamente bueno. Lo digo sin protocolo de gentileza: está bueno de verdad, no de la forma en que dices que algo está bueno porque es local y exótico y deberías respetarlo, sino de la forma en que te inclinas un poco sobre el cuenco porque quieres que el calor llegue antes.

Llevo semanas moviéndome con esa lógica de siguiente destino, siguiente ticket, siguiente barrio, y hoy no tengo ninguna de esas cosas pendientes y no sé exactamente qué hacer con eso. No es alivio puro. Es más bien la sensación de haber apretado algo mucho tiempo y soltarlo de golpe: hay un hueco raro donde estaba la presión. Salí esta mañana sin un plan específico, fui caminando por Seinan-Odori hasta que el frío me aburrió, entré aquí porque el cartel de fuera era simple y no tenía foto de comida plastificada en la puerta, lo cual siempre es buena señal.

En el taburete de al lado alguien dejó olvidado un folleto doblado del Tokachi-kan. No lo abrí. Lo moví un poco para tener más espacio para el codo y seguí comiendo.

El encuentro de ayer sigue sin resolverse, aunque tampoco sé si «resolverse» es la palabra correcta. Hay cosas que ocurren y no tienen un final limpio, no porque sean importantes sino porque simplemente quedaron a medias, como cuando cierras un libro por la mitad y lo dejas boca abajo en la mesita y luego ya no lo retomas. No sé si haré algo al respecto. Hoy, por lo menos, no.

Tres migas. La mancha triangular. El cuenco vacío con el fondo lacado todavía brillante.

Imprescindible en Obihiro, Japón

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