La cremallera lateral de la mochila lleva tres días abierta unos cuatro dedos. Cuatro, ya, porque esta mañana intenté forzarla un poco y el cursor se quedó más atrás todavía. Tengo la ropa interior visible si alguien mira desde el ángulo correcto, lo cual es una forma digna de representar cómo va todo en general.

Ayer, otro contratiempo con el transporte. El octavo. No voy a fingir que me sorprendió porque a estas alturas sería mentira, pero sí me detuve un momento frente a la ventana del hostel, con la mochila medio abierta sobre la cama y la luz de la tarde entrando bastante bien por el cristal, y me pregunté si existe una cantidad específica de veces que puede pasarle a alguien lo mismo antes de que empiece a tener algún significado. Llegué a la conclusión de que no, que a veces es solo una racha larga, pero la pregunta tampoco se disolvió del todo.

El problema concreto de ayer costó quince dólares canadienses más, lo cual me deja en cien, que sobre el papel suena a cantidad decente hasta que uno recuerda que son cien dólares canadienses en una ciudad donde el café en un sitio razonable cuesta cinco. Salí a caminar por el paseo de Wascana porque me pareció la opción más barata de ocupar el tiempo, y porque la zona tiene una amplitud que obliga a respirar hondo aunque no tengas ganas. Hay una especie de banderines rojos y blancos colgados entre los postes de la avenida, preparativos para el día de Canadá, supongo, esa energía cívica muy seria que tienen aquí para los días festivos nacionales. Yo iba con una mochila con la cremallera abierta y los ojos un poco pequeños por no haber dormido bien.

En el bar al que entré para sentarme y no gastar demasiado, uno de esos sitios con pantallas de televisión en todas las paredes y manteles de plástico que hace tiempo que dejaron de tener el color original, un hombre en la mesa de al lado mencionó El Vendrell. Así, de repente, en mitad de una conversación que yo no estaba siguiendo. Dijo que había vivido allí, que había trabajado en una bodega del Baix Penedès, que se acordaba de los caminos entre viñas en septiembre. No sé cuántos años llevo sin escuchar a alguien mencionar El Vendrell en un contexto que no sea yo mismo pensando en ello, y aquí estaba este hombre en Regina, frente a una cerveza grande, nombrando el sitio con la misma naturalidad con que yo nombraría esta ciudad. Le dije que era de por allí. Se quedó con la boca un poco abierta. «Qué pequeño es el mundo», dijo, que es la frase que siempre se dice en estos casos, la correcta y la menos útil al mismo tiempo. Estuvimos tres minutos más hablando del precio de la uva y del viento que baja del Montmell en octubre, y luego cada uno volvió a lo suyo.

Volví al hostel antes de que oscureciera, me senté en la cama con la mochila delante, y volví a mirar la cremallera. Probé con un bolígrafo. Probé con los dedos. La apertura sigue igual de ancha, quizás un pelín más. Mañana buscaré un sitio donde repararla, si es que existe ese sitio y si es que puedo pagarlo sin que el número se vuelva ridículo. Ninguna de las dos cosas está garantizada.

Los banderines rojos y blancos siguen ahí fuera.

Imprescindible en Regina, Canadá

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