La moneda de dos dólares que llevaba en el bolsillo exterior de la mochila no está. Lo noté frente al puesto de café de Red Swan, con la mano ya metida buscando, y no estaba. Tampoco el adaptador pequeño que guardaba enrollado en una bolsita de tela. Y sé exactamente por qué: la cremallera principal lleva días cediendo, con un hueco del ancho de cuatro dedos por el que cualquier cosa delgada o pequeña puede irse sin drama ni aviso. Lo sabía. No la arreglé. El resultado es que me agaché a recoger lo que encontré en el fondo de la mochila, que era básicamente polvo y la mitad de un recibo de compra, y seguí caminando por Albert Street con cara de persona que tiene el día bajo control.

No la tengo. Y lo curioso, si es que la palabra correcta es esa, es que llevo semanas tropezando con versiones del mismo problema: algo que no funciona, algo que falla en el momento menos conveniente, un pequeño coste que se repite. Ayer otra vez. Anteayer también. Y no son cosas distintas con soluciones distintas; es el mismo patrón con distinto nombre. Llegados a este punto ya no me puede sorprender, y sin embargo me sigo encontrando ahí, mirando el hueco donde estaba la moneda, como si la sorpresa fuera la reacción apropiada.

El tramo de Albert entre la Décima y la Undécima tiene esa textura de viernes por la mañana que no es exactamente agradable ni desagradable: gente que cruza rápido hacia la parada del autobús, un hombre con casco de obra que lee algo en el teléfono sin moverse, los letreros de Canada Day pegados ya en varios escaparates aunque queda casi una semana. Alguien había puesto uno de esos carteles de «Gran Venta Pre-Festiva» en la ventana de una tienda de electrónica con el texto torcido, como si lo hubieran colgado con prisa a las siete de la mañana. Entré en Time Travel Records no porque quisiera comprar nada, sino porque la puerta estaba abierta y el señor del mostrador tenía puesta una radio de esas que emiten estática entre canción y canción y eso, no sé por qué, me resulta más honesto que el Spotify de cualquier cafetería.

Ahí fue cuando me senté un momento y pensé, con más frialdad de la que esperaba, que la cremallera rota es una metáfora horrible y que preferiría no usarla, pero que también es simplemente una cremallera rota que no he reparado en varios días porque siempre hay algo más urgente o más interesante o más lo que sea. Y el patrón de las últimas semanas no es mala suerte ni Regina ni el universo confabulando; soy yo que acepto la condición sin modificarla y luego me irrito cuando da exactamente el resultado que tenía que dar. Eso es lo que no me gusta reconocer: no que las cosas fallen, sino que las dejo fallar con bastante eficiencia.

El viaje como relato, me digo a veces, tiene esto: que cuando lo escribes ves los hilos que cuando lo vives ignoras. Hoy el hilo es obvio y no necesita explicación literaria. Necesita hilo de coser y, posiblemente, una ferretería.

Salí de Time Travel sin comprar nada, lo cual fue una pequeña victoria de criterio, y fui hasta Little Nepal a comer algo antes de que el mediodía lo complicara todo. El menú del día a nueve dólares, que ya sé que está bien de precio aunque me cueste admitirlo cuando el margen aprieta. La persona que sirve las mesas no me miró a los ojos en ningún momento, lo cual agradecí porque tampoco tenía ganas de gestionar conversación. El dal estaba un poco salado. Me lo comí entero.

La mochila sigue abierta. La decisión de si compro un arreglo rápido hoy o espero al lunes, cuando hay más opciones abiertas y menos gente en la calle, la he postergado tres veces desde las diez de la mañana. El chicle rojo aplastado en la acera frente al autobús seguía ahí cuando volví a pasar.

Imprescindible en Regina, Canadá

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