Lijiang ha quedado atrás esta mañana, o más bien, Lijiang ha empezado esta mañana: aterricé con el sol ya alto y la sensación inmediata de que esta ciudad sabe muy bien lo que tiene y piensa cobrártelo todo. Lo primero que he notado al bajar del vehículo que me ha traído desde el aeropuerto hasta la zona peatonal no ha sido el paisaje ni los tejados volados de las casas naxi: ha sido la cola. Una cola larga, sin sombra, frente a un punto de control donde dos empleados con chaleco naranja revisaban si los visitantes llevaban o no la tarjeta de acceso al casco antiguo. Yo no la llevaba. Y no porque no supiera que existía, sino porque la página donde se supone que se tramita online estaba dando error desde hace tres días, cuando empecé a intentarlo. El resultado ha sido cuarenta minutos de pie, calculando si merecía la pena pagar la tasa de zona histórica o simplemente quedarme en el perímetro exterior, que técnicamente también es casco antiguo pero no exactamente el mismo casco antiguo, según el hombre del chaleco naranja que me lo ha explicado con la paciencia de alguien que lleva dando esa misma explicación desde las ocho de la mañana.
He pagado. No había opción real.
Una vez dentro, el primer cuarto de hora lo he pasado intentando entender la lógica espacial del sitio, que no es obvia: Dayan no tiene una calle principal, tiene una red de callejuelas de piedra gris que se bifurcan sin criterio aparente y que todas parecen llevar al mismo punto, que es una plaza con una fuente y tiendas de bufandas. Lo que sí tiene lógica, y esto lo he visto enseguida porque tengo cierto ojo para las infraestructuras urbanas, es el sistema de canales. Tres corrientes de agua que corren paralelas por debajo de las calles y reaparecen entre los adoquines en forma de acequia bordeada de piedra. He leído después, en un cartel que alguien había puesto con menos solemnidad de la habitual, que eso lleva funcionando ochocientos años. No como decoración, sino como sistema de distribución de agua potable y de riego. Me ha parecido más interesante que cualquiera de las tiendas de jade que flanquean el recorrido turístico, y más honesto también: el agua va donde tiene que ir y no te cobra por verla.
Las tiendas, en cambio, sí cobran. Y cobran con la convicción tranquila de quien sabe que el visitante ya ha pagado por entrar y va a seguir pagando porque ya está aquí. He mirado precios sin comprar nada durante una hora larga, anotando mentalmente lo que cuestan un té en terracería, un recuerdo de madera pintada con la montaña nevada al fondo, una bebida fría sin identificar que vendían en un puesto esquinero. El té me ha parecido caro para lo que era. El recuerdo de madera, directamente absurdo. La bebida fría la he cogido porque hacía calor y tenía sed y a veces el cálculo es así de simple.
He terminado la tarde en Wu Yi Jie, en el Qiao Xiang Yuan, que es un sitio sin pretensiones donde sirven platos locales a precios que no te hacen sentir que estás financiando la restauración de un patrimonio. He pedido algo con arroz y algo con verduras salteadas y me ha costado bastante menos de lo que esperaba, lo cual, viniendo de las dos horas anteriores de zona patrimonial, ha tenido el efecto de una pequeña victoria personal. El local olía a aceite caliente y a madera húmeda. En la mesa de al lado, un hombre mayor comía solo y miraba su móvil con el mismo gesto de quien no está mirando nada en particular.
Afuera, cuando he salido, uno de los canales seguía corriendo entre las piedras, oscuro ya con la luz bajando, indiferente a todo lo que se ha construido encima en ocho siglos.
Imprescindible en Lijiang, China
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