El lector de códigos QR de la entrada a Jiefeng Lou lleva roto desde las diez de la mañana, según me han explicado tres personas distintas con el mismo gesto: hombros arriba, palma hacia fuera. El tercero era el único que hablaba algo de inglés y me ha dicho que podía esperar "no mucho tiempo", lo que en la práctica lleva significando cuarenta minutos y contando. Hay otras seis personas en la misma situación, todas con el móvil en la mano apuntando al mismo código que no responde.

Lo que no entiendo es que el sistema de pago físico tampoco funciona. El terminal con tarjeta lanza un error, el código QR de WeChat Pay no carga, y el único cajero de los alrededores que acepta tarjetas extranjeras está a un cuarto de hora a pie. He hecho esa cuenta dos veces: si me voy, pierdo el sitio en la fila informal que se ha formado. Si me quedo, sigo aquí plantado mirando una pantalla negra. Al final he comprado la entrada en efectivo, lo cual ha implicado buscar a alguien en ventanilla que no fuera la máquina, que es exactamente el proceso que supuestamente estaba digitalizado. El billete ha costado 60 yuanes. Lo he anotado.

La subida a la torre merece un comentario honesto: las vistas del casco antiguo de Dayan desde arriba son buenas de verdad, concretas, sin el filtro que le pone el nivel de la calle donde todo son tiendas de souvenirs con la misma flauta de madera en el escaparate. Desde Jiefeng Lou se ve la retícula de tejados grises, las calles estrechas con los canales, y el Jade Dragon al fondo con nieve en las cimas aunque aquí abajo hace un sol bastante razonable para octubre. No es un espectáculo que me haya dejado sin palabras, pero es el primer punto desde el que Lijiang tiene sentido geográfico, y eso tiene su valor.

He bajado con el estómago ya quejándose y he calculado que comer dentro del casco antiguo sale por el triple de lo que cuesta comprar algo en cualquier tienda fuera del perímetro turístico. He cogido pan de centeno y dos granadas en un puesto cerca de la calle que baja hacia Gu Bide y me he sentado en un murete de piedra a comer mirando la torre al fondo. La granada manchaba, el pan estaba seco, y el murete tenía un borde irregular que se clavaba. Un almuerzo perfecto en el sentido de que no me ha costado más de ocho yuanes y no he tenido que esperar a ningún camarero.

La Antigua Residencia de Gu Bide ha sido la segunda parada. La entrada es menor, y el espacio es lo contrario de la torre: cerrado, silencioso, con documentación enmarcada de los años cuarenta sobre la vida naxi que nadie parece estar leyendo. Hay vigas de madera oscurecida que crujen si pisas cerca, fotografías en blanco y negro de personas cuya historia está explicada en chino y en naxi, con una traducción al inglés que es claramente una traducción automática de tercera generación. Lo que me ha resultado más interesante no ha sido la historia en sí sino el contraste brutal entre ese lugar, que funciona perfectamente sin ninguna tecnología, y la torre de al lado, que se ha pasado la mañana bloqueada por un fallo de software. Hay algo ahí que en otro contexto me habría dado para escribir una entrada larga sobre infraestructura digital y turismo, pero hoy no tengo la cabeza para eso.

Me quedo en Lijiang esta noche porque hacer las cuentas de marcharse sale más caro que quedarse, y porque lo que llevo de día ya justifica el precio de la entrada. Eso no es entusiasmo: es aritmética. El contador lleva semanas en números incómodos y hoy ha bajado algo más. La torre al final se podía pagar en efectivo.

Imprescindible en Lijiang, China

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