Ayer la anciana del mercado me puso en la mano un manojo de hierbas y me fue diciendo los nombres uno por uno en naxi, esas sílabas que suenan como si el tono lo fuera todo y yo no tuviera oído para ninguno. Me quedé con tres palabras mal pronunciadas y ninguna certeza de haber entendido qué se hace exactamente con cada cosa. Hoy por la mañana he sacado el manojo de la mochila: sigue oliendo bien, una mezcla de algo mentolado y algo más oscuro que no sé identificar. Lo he dejado encima de la mesa y he cerrado el asunto así. Algunas cosas se quedan incompletas y ya está.
La otra opción para hoy era pagar la tasa de entrada al casco histórico, que sigue existiendo aunque nadie te la cobra en todos los accesos y que sigue siendo, a mi juicio, uno de los gestos más desvergonzados que puede hacerle una administración a su propio patrimonio. No la he pagado. No por principio, sino porque el presupuesto que me queda no admite gastos que pueda evitar, y Lashi Hu está a unos veinte minutos en coche y no cuesta lo que cuesta pasearse entre las tiendas de «artesanía» que venden los mismos imanes de nevera que he visto en Dali, en Chengdu y probablemente en todos los destinos turísticos de este país.
Lashi Hu no es espectacular. Que conste. Es un humedal, o sea que hay agua, hay cañas, hay barro cerca de los bordes, y hay una cantidad sorprendente de silencio para ser un sitio clasificado como atracción turística. Llegué por una pista sin asfaltar que rodeaba una parcela con bueyes y que olía, sin ninguna poesía, a estiércol fresco. Me pareció perfecto.
He caminado por el borde durante un buen trecho siguiendo a dos garcetas que no tenían ningún interés en mí y que iban moviéndose justo lo suficiente para mantenerse fuera de la distancia fotográfica útil. El agua reflejaba las montañas del fondo con esa claridad exagerada que da la luz de octubre a esta hora de la mañana, entre las diez y las once, cuando el sol todavía no ha subido lo bastante para blanquearlo todo. No lo he fotografiado bien. La pantalla del móvil no recoge lo que el ojo ve cuando el contraste es tan alto, y ya no tengo paciencia para ajustar.
Cerca del embarcadero de barcas de madera que llevan turistas a ver los flamencos, un hombre con un caballo beige y una chaqueta de plumas naranja fluorescente esperaba a alguien que claramente no llegaba. Llevaba esperando un rato largo, a juzgar por cómo tenía el caballo atado a un poste con una cuerda demasiado corta. Me miró. Yo le miré. Él miró hacia el camino de entrada. Fin de la interacción, que me pareció honesta.
Lo de los flamencos me ha decepcionado más de lo previsto. Hay carteles en el parque que los anuncian como si fueran la atracción principal, con fotos muy rosadas y muy icónicas, pero en octubre la colonia se ha reducido bastante y los que quedan están lejos, en el centro del lago, donde se ven como manchas rosadas que bien podrían ser plástico flotante si uno no supiera lo que está buscando. El panel informativo junto al embarcadero tenía una esquina despegada y alguien había escrito algo con rotulador negro encima del mapa. No he podido leer qué decía.
He comido de pie, apoyado en el coche del conductor que me esperaba, un par de baozi que compré en una pequeña tienda al borde de la carretera de vuelta. Masa blanda, relleno de cerdo y algo verde que podría ser cebollino o podría ser otra de las hierbas de ayer. No he preguntado. Estaban calientes y costaban muy poco, y eso era lo único que me importaba en ese momento.
Imprescindible en Lijiang, China
Este post contiene enlaces de afiliados.