La estatua de Guru Rinpoche en Yu Dai Lu tiene tres metros y pico de altura y una expresión que no invita a conversaciones. Lo primero que he notado esta mañana, parado delante de ella con el frío seco de octubre pegándome en la nuca, es que tiene el dorado descascarado en la mandíbula izquierda, como si alguien hubiera intentado arrancarle algo o simplemente el tiempo hubiera decidido empezar por ahí. Los turistas se hacen fotos con el móvil en alto sin mirarlo de verdad. Yo tampoco lo he mirado demasiado al principio, la verdad: estaba pendiente de si Mei Lihua aparecía.
Ayer me lo dijo en el callejón de los herreros, con la voz baja y el tono de quien lleva días ensayando la frase para que suene más pequeña de lo que es. Que necesita irse. Que hay gente en su familia que no le va a poner las cosas fáciles. Que yo podría ayudarla de una manera que no especificó del todo, pero cuya forma general quedó bastante clara: dinero, o algo parecido a dinero, o al menos el tipo de presencia que implica que alguien está dispuesto a complicarse. Me quedé escuchándola más tiempo del que hubiera querido, lo cual fue un error mío, porque escuchar durante demasiado rato tiene el efecto no deseado de parecer que uno está considerando la propuesta.
Esta mañana ha vuelto a aparecer. No en el callejón, sino aquí, cerca de la estatua, como si hubiera calculado que este era un sitio donde yo estaría quieto el tiempo suficiente para que una conversación fuera posible. Me ha encontrado mirando el descascarado dorado de la mandíbula y ha empezado a hablar antes de que yo pudiera plantear ninguna posición. Ha dicho que tiene que marcharse antes del fin de semana. Que hay una prima en Dali que puede alojarla pero que necesita el billete de autobús y algo más para los primeros días. Ha dicho una cifra. No era enorme en abstracto, pero con noventa y nueve yuan y medio en el bolsillo, cualquier cifra es enorme.
El problema no es que no me importe su situación, que algo me importa aunque no quiero que me importe demasiado porque llevar casi tres semanas encadenando pérdidas y contratiempos te vuelve bastante poco generoso con tus propias reservas de confianza. El problema es que no tengo manera de verificar nada de lo que me ha contado, y que la geometría de todo esto, el encuentro casual dos días seguidos en lugares distintos pero convenientes, me hace sentir que estoy en el papel equivocado de algo que no entiendo del todo.
Le he dicho que no tengo lo que pide. Que lo siento pero que es así. Ella ha asentido de una manera que no parecía sorprendida, lo cual no sé si tranquilizarme o ponerme más en alerta. Ha dicho que quizá podía ayudarla de otra forma, sin concretar cuál. Le he preguntado qué forma. Ha dicho que ya hablaríamos.
He comido cerca de allí, en un local pequeño donde una mujer mayor sirve costillas de cerdo ahumadas sin preguntar qué quieres porque lo que hay es lo que hay. Las costillas estaban bien, con ese punto de grasa que se deshace antes de que puedas decidir si te apetece o no. He pedido solo eso porque era lo más barato y porque el té venía incluido. La mujer mayor no me ha mirado en ningún momento del proceso, ni al sentarme, ni al traer el plato, ni al recoger el cuenco vacío. Una eficiencia sin contacto visual que me ha parecido perfectamente razonable.
La estatua seguía ahí cuando he pasado de nuevo por Yu Dai Lu al terminar. El dorado de la mandíbula igual de descascarado. Alguien había dejado una naranja pequeña a los pies, de esas que venden en las esquinas envueltas en red de plástico. La naranja tenía una raja en la piel, como si hubiera caído desde cierta altura, y nadie la había retirado todavía.
Imprescindible en Lijiang, China
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