El grifo del baño del alojamiento tiene un problema: no cierra del todo. Lleva así desde el miércoles, y esta mañana me quedé escuchando el goteo durante un rato absurdo, quieto sobre la cama, incapaz de moverme hacia ningún sitio porque, en sentido literal, no puedo. Ayer perdí cincuenta euros de un modo que todavía no termino de entender y que no voy a resolver hoy, y la cuenta está a cero. No es una forma de hablar. Es cero.
Porto te trata diferente cuando no tienes dinero. No mejor ni peor, solo distinta. Fui a dar una vuelta por la Rua de Santa Catarina, que a estas horas del domingo ya tiene turistas caminando despacio con los brazos cargados de bolsas, y yo iba con las manos en los bolsillos notando cuántos bares tienen menú colgado en la puerta. No por hambre todavía, sino por esa costumbre rara de seguir contando lo que cuesta algo aunque no vayas a comprarlo. Un café cortado en la barra del primer sitio: un euro veinte. Un pastel de nata en el segundo: uno diez. Bien, perfecto, inutilizable.
Hay un edificio en la esquina de Santa Catarina con una calle que no recuerdo cómo se llama donde los azulejos de la fachada están en un estado que ningún ayuntamiento con presupuesto normal toleraría. El grouting ha desaparecido en tres o cuatro franjas completas, el azul se ha vuelto casi blanco en la parte que da al sol, y alguien pegó hace mucho tiempo un trozo de azulejo de otro patrón distinto para tapar una grieta, así que ahí está: una mancha geométrica que no encaja, visible desde la acera de enfrente. Me paré más de lo razonable mirando eso. Es el tipo de arreglo que delata a alguien que necesitaba solucionar el problema ese mismo día y no tenía acceso al material correcto. Lo entiendo perfectamente.
La correa izquierda de la mochila aguanta todavía con las tres puntadas que le di hace unos días, pero esta mañana al cogerla noté que una ha cedido un poco. No se ha roto, pero ya no está tensa. Si se rompe del todo, el problema no es la mochila, es que no tengo manera de reemplazarla ahora mismo, lo cual convierte un objeto mediocre en algo que hay que tratar con más cuidado del que merece.
El Mercado do Bolhão está cerrado los domingos o al menos lo estaba hoy, que para el caso es lo mismo. No había ido con ningún propósito concreto, solo para salir del grifo y del goteo y del silencio del cuarto. Me quedé en la plaza de delante viendo cómo un tipo vendía paraguas plegables de esos que duran una semana desde una manta extendida en el suelo. Tenía doce paraguas exactamente, los había colocado en dos filas de seis, y no miró a nadie a los ojos en los veinte minutos que estuve allí. Un turista se paró, cogió uno, lo abrió en medio de la plaza con el cielo completamente despejado, se encogió de hombros y lo dejó. El vendedor recogió el paraguas y lo volvió a colocar en su sitio sin decir nada. La fila de seis perfecta otra vez.
El cincuenta euros de ayer sigue sin resolverse. No tengo un plan para resolverlo hoy, y posiblemente tampoco mañana. Lo que tengo es la tarde del domingo, un goteo en el grifo al que ya no pienso hacer caso, y una correa con dos puntadas y media que por ahora todavía aguanta.
La fachada de azulejos seguirá ahí el lunes. El trozo de repuesto mal encajado también.
Imprescindible en Porto, Portugal
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